
Amina decía que una casa podía caber en un bolsillo. Nadie le creía, pero ella lo sabía porque la suya la llevaba siempre consigo: era un dibujo doblado en cuatro, con un tejado rojo, una puerta azul y una ventana donde asomaba un sol que nunca se apagaba.
En el campo de refugiados, el viento levantaba la tierra y la dejaba en la boca como un sabor a despedida. Las tiendas eran iguales, alineadas como si alguien hubiera intentado ordenar el dolor. Por las noches, las luces se encendían como pequeñas estrellas cansadas, y Amina se quedaba mirando el cielo, preguntándose si su casa también la estaría mirando a ella.
—¿Qué llevas ahí? —le preguntó Sami, un niño que había llegado hacía poco y que aún no sabía cómo caminar sin mirar atrás.
—Mi casa —respondió Amina, muy seria.
Sami frunció el ceño, pero no se rió. En el campo, la risa a veces se quedaba atascada, como el agua en las tuberías viejas.
Amina desdobló el papel con cuidado, como si fuera algo vivo.
—Aquí está mi madre cocinando —dijo, señalando un garabato amarillo—. Y ahí, mi padre arreglando la puerta. Y esa soy yo, sentada en el suelo, pintando.
Sami miró el dibujo largo rato.
—En la mía había un árbol —susurró—. Daba sombra en verano.
Amina buscó en su bolsillo y sacó un lápiz muy pequeño, gastado hasta casi desaparecer.
—Podemos ponerlo aquí —propuso, y dibujó un árbol junto a la casa—. Ahora también es tu casa.
Desde ese día, cada tarde, los niños se reunían en torno al dibujo. Uno añadía una gallina, otro una bicicleta, otro un río que pasaba cerca. La casa crecía, pero el papel seguía siendo el mismo. Era como si lo importante no fuera el tamaño, sino el lugar que ocupaba en el corazón.
Un día, una voluntaria les dio hojas nuevas y colores. Amina dudó. Miró su dibujo viejo, arrugado, lleno de manos distintas.
—¿Y si se rompe? —preguntó.
—Entonces hacemos otro —dijo Sami—. Las casas también se reconstruyen.
Esa noche, Amina no guardó el dibujo en el bolsillo. Lo dejó abierto, bajo la luz tenue de la tienda. Por primera vez, no sintió que su casa estuviera perdida, sino transformándose.
Y comprendió algo que nadie le había enseñado:
que una casa no es un lugar al que volver,
sino algo que se crea, incluso en medio de la guerra,
cuando alguien comparte contigo un trozo de lápiz
y decide quedarse.



Hola buenos días Elena está muy bonito me a encantado y lo q me a gustado mucho los dibujos y el vidio gracias un saludo 😘