La Cruz que abraza: Escuela de Oración en La Yedra

Ayer en la mañana, en la Escuela de Oración de La Yedra, vivimos un encuentro marcado por el silencio, la contemplación y el misterio profundo de la Cruz.
No fue solo una charla o una reflexión teórica, sino una experiencia interior: aprender a mirar el sufrimiento y la vida desde la luz del amor de Dios.

La sesión giró en torno a una certeza que atraviesa toda la fe cristiana: la Cruz no es derrota, es amor entregado. En ella se revela un Dios que no abandona, que acompaña y que transforma el dolor en camino de redención.

Las palabras del canto que resonaron durante la oración recordaban esa verdad tan profunda:

No hay nada que pueda separarte de mi amor.”

Ese mensaje se convirtió en el hilo conductor de la mañana. Frente al Santísimo, en la quietud de la adoración, cada uno pudo escuchar en su interior esas palabras dirigidas personalmente: Dios nos ha creado con amor, nos conoce por nuestro nombre y nos llama suyos.

La exposición del Santísimo fue el momento más intenso. El silencio de la capilla parecía lleno de presencia. No hacía falta decir mucho: bastaba mirar, estar y dejarse mirar por Dios.

La oración ante la Eucaristía nos recordó que la Cruz no es solo un acontecimiento del pasado. La Cruz sigue siendo hoy un lugar de encuentro, donde Cristo nos dice que nuestro dolor, nuestras dudas y nuestras luchas no están fuera de su amor.

En ese clima de recogimiento comprendimos que la verdadera oración no siempre consiste en muchas palabras, sino en permanecer, en confiar y en dejar que el corazón repose en Dios.

La Escuela de Oración de La Yedra nos regaló hoy una enseñanza sencilla y profunda:
cuando la vida pesa y la Cruz aparece en el camino, no estamos solos. Porque el amor de Dios es más fuerte que cualquier herida, más grande que cualquier miedo.

Y como repetía el canto que acompañó la oración:

No hay nada, no hay nada,
que pueda separarte de su amor.

Poema:

Abrazar la Cruz

No hay nada, Señor,
que pueda separarme de tu amor.

Ni la noche que pesa en los hombros,
ni la herida que aún no sabe cerrarse,
ni el camino que a veces se vuelve cuesta.

Tú me llamaste por mi nombre
cuando aún era barro tembloroso,
cuando mi fe era apenas
una chispa escondida en el viento.

Y aun así me dijiste:
eres valioso a mis ojos.

Por eso abrazo la Cruz,
no como quien acepta una carga,
sino como quien se acerca
al árbol donde florece el amor.

Porque en la Cruz
tu silencio habla,
tu sangre escribe esperanza,
y tu dolor abre caminos
donde antes solo había abismo.

No hay nada, Señor,
que pueda separarme de tu amor.

Ni mis dudas,
ni mis caídas,
ni la fragilidad que llevo en las manos.

Hoy me acerco a Ti
sin fuerza ni defensa,
como un niño que busca refugio
en el latido de su Padre.

Me pongo en tu regazo,
débil y frágil,
y dejo caer mis miedos
como hojas al final del otoño.

Tuya es mi vida.

Si la Cruz es el camino,
caminaré contigo.
Si el silencio es la noche,
esperaré tu aurora.

Porque sé
que al final de esta tierra
tus manos abiertas
seguirán diciendo lo mismo:

no hay nada,
nada en el cielo ni en la tierra,
que pueda separarme de tu amor.

Y en esa certeza descanso.

3 comentarios en “La Cruz que abraza: Escuela de Oración en La Yedra”

  1. Gracias por tus palabras y resumen de lo vivido. Cuando preparas algo para exponer a los demás, lo haces con todo el amor que ponemos en las cosas de Dios, pero no sabes si calara en las personas. Si nuestra reflexión y oración sirvió para acercarnos a conocer el lenguaje de la Cruz, bendito sea Dios.
    Un abrazo y hasta la próxima.

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