La niña que olvidó el camino

 
Había una niña de luz en los ojos,
con las manos abiertas al cielo,
creía en un Padre que hablaba en el viento
y en un amor más grande que el miedo.

Creció despacio, como crecen los ríos,
aprendiendo nombres, heridas y promesas,
guardando oraciones en los bolsillos
y estrellas pequeñas en la tristeza.

Pero un día el ruido fue más fuerte,
el mundo gritó más que la fe,
y la niña, ya casi mujer,
olvidó la voz que la hizo nacer.

Cambió la casa por caminos largos,
la cruz por un mapa sin norte,
y siguió señales que no llevaban
al abrazo que todo lo soporta.

Se perdió entre luces de mentira,
entre amores que no saben amar,
y cuando quiso volver al origen
ya no recordaba cómo rezar.

Ahora camina con el alma cansada,
con preguntas que nadie responde,
buscando en el fondo de su memoria
la llave del hogar que esconde.

Y aunque no sabe volver todavía,
ni pronunciar el nombre del Padre,
Él la espera igual que siempre,
con la puerta abierta y pan en la mesa.

Porque quien fue hija no deja de serlo,
aunque olvide el camino y la voz,
el amor no se pierde en la distancia:
solo espera que vuelva el corazón.
 
 
 

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