
Había una vez, muy arriba en el cielo, una nube pequeña y curiosa que era diferente a todas las demás. No le gustaba llover a la ligera ni dejar caer sus gotas sin más. Mientras las otras nubes viajaban rápido empujadas por el viento, descargaban la lluvia y desaparecían en el horizonte, ella prefería flotar despacio, casi rozando las copas de los árboles.
Desde allí escuchaba.
Le encantaba oír las voces de los niños cuando jugaban en los parques, en los patios de las escuelas o en los caminos de tierra. Cerraba los ojos —si es que las nubes pueden hacerlo— y prestaba mucha atención. Cada risa, cada carrera y cada escondite venía acompañado de un nombre.
—¡Luna!
—¡Mateo, espera!
—¡Sol, ven a jugar!
—¡Aina, te toca!
Cada vez que la nube escuchaba un nombre bonito, lo guardaba con cuidado en su interior. No los amontonaba; los colocaba como si fueran pequeños tesoros. Y algo mágico ocurría: los nombres comenzaban a brillar suavemente, como diminutas estrellas atrapadas entre algodón. Algunos eran cálidos, otros chispeantes, otros sonaban como canciones. La nube se sentía llena y feliz.
Pasaron los días y las estaciones comenzaron a cambiar. Las demás nubes seguían cumpliendo su tarea, pero la pequeña nube seguía guardando nombres, cada vez más y más. No se dio cuenta de que el cielo empezaba a vaciarse de lluvia.
Un día, la tierra despertó sedienta. Las hojas se doblaban cansadas, las flores bajaban la cabeza y los ríos se volvían estrechos hilos de agua. Los animales buscaban sombra y los niños miraban al cielo preguntándose cuándo volvería a llover.
La nube, al ver todo aquello, sintió algo nuevo en su interior. No era un nombre. Era una responsabilidad.
—Tal vez —pensó— he guardado todo esto para un momento como este.
Entonces subió. Subió tan alto como nunca antes se había atrevido. El viento la mecía y el cielo parecía inmenso. La nube respiró hondo, sintió cómo los nombres brillaban con fuerza dentro de ella, y comprendió que no los iba a perder: los iba a compartir.
Poco a poco, comenzó a llover.
No fue una lluvia fuerte ni ruidosa. Fue la lluvia más suave del mundo. Las gotas caían despacio y, al tocar el suelo, susurraban. Si alguien escuchaba con atención, podía oírlo:
—Luna…
—Mateo…
—Sol…
—Aina…
Los niños reían al sentir la lluvia en la cara, las plantas se estiraban agradecidas, los ríos volvían a llenarse y el aire se impregnaba de vida. El cielo, al ver aquello, sonrió.
Cuando la nube terminó, ya no estaba vacía. Había aprendido algo importante: los nombres, como el agua, están hechos para viajar, para tocar a otros, para dar vida.
Desde entonces, cada vez que llueve despacio y parece que el agua habla, no es imaginación. Es la nube que coleccionaba nombres, repartiendo con amor aquello que tanto quiso.