
Hay llantos que no son derrota
sino agua escondida
buscando raíces.
Caen despacio,
como quien ora sin saber que ora,
y la tierra del alma —agrietada, cansada—
bebe en silencio.
Nadie aplaude ese instante.
Nadie ve
cómo se ablanda el barro endurecido
ni cómo cede la costra del miedo.
Pero debajo…
algo empieza.
Una semilla que esperaba la rendición,
un brote diminuto
empujando la noche hacia arriba,
una ternura nueva
naciendo entre los escombros.
Llorar
es a veces
la forma más honda de confiar.
Porque después del sollozo
queda el olor a vida mojada,
y Dios pasa
como jardinero paciente
tocando con luz
lo que creías perdido.
Y tú,
que pensabas estar deshecha,
descubres en tus mejillas
surcos fértiles
donde ya
está creciendo
la esperanza.