
No fue trueno ni fuego
lo que abrió la mañana,
sino un susurro leve
pronunciando mi nombre
en la hondura del alma.
Iba con las manos llenas de ruido,
con los ojos cansados de buscar en la tierra,
cuando Tu Palabra —semilla encendida—
cayó en mi surco abierto
y floreció en silencio.
La leí… y me leyó por dentro.
Cada sílaba era agua,
cada promesa, pan compartido,
cada parábola
una puerta hacia la luz.
Entonces supe
que no bastaba con guardarte en mis labios,
que había que sembrarte en los caminos,
en el gesto pequeño,
en la herida ajena,
en el vaso de agua ofrecido a tiempo.
Y me vi tan pequeña…
un simple grano de arena
en la orilla de Tu mar infinito,
pero comprendí que en Tu Reino
lo mínimo es milagro.
Desde aquel día camino distinta:
llevo Tu voz en el pecho
como lámpara viva,
y mis manos —torpes, humanas—
aprenden a ser trigo para otros.
Si mi vida ha de decirte
que lo haga en lo sencillo:
en la escucha,
en el abrazo,
en la palabra que consuela.
Porque te encontré
en un versículo abierto
y ahora sé
que mi granito de arena
también es Evangelio
cuando ama. ✨