
Mi familia no siempre habla fuerte,
pero sabe ponerse alrededor
cuando el día tiembla.
Son brazos que no empujan,
pasos que se adaptan al más lento,
risas que hacen sitio
a la memoria y al cansancio.
Hay manos que aprendieron a cuidar
mucho antes de saber nombrarlo,
y miradas que dicen
“estoy aquí”
sin pedir nada a cambio.
En ellos descanso
cuando dudo,
cuando me canso de ser fuerte,
cuando la vida pesa más
de lo que parece desde fuera.
Son raíz que no ata,
pero afirma.
Sostén que no presume,
pero no falla.
Si camino,
es porque me esperan.
Si caigo,
es porque sé
que sabrán levantarme
sin preguntas.
Mi familia es eso:
el lugar donde puedo
no demostrar nada,
y aun así
ser suficiente.