Pipo, Lila y el loro Don Pirulí

Un cuento infantil de plumas, líos y mucha risa

En una casita con balcón lleno de macetas vivían dos canarios muy cantarines llamados Pipo y Lila.

Pipo era amarillo como el sol de la mañana y muy presumido. Le encantaba mirarse en cualquier cosa que brillara: en el cristal, en la cucharilla del desayuno e incluso en el móvil de la dueña de la casa.

Lila, en cambio, era más pequeñita, muy lista y un poco traviesa. Tenía una vocecita dulce, pero una imaginación enorme. Si veía una nube, decía que era un helado. Si veía una escoba, decía que era un caballo.

Vivían felices en su jaula dorada junto a la ventana, cantando cada mañana como si fueran los reyes del barrio.

Pero un día…
todo cambió.

Aquella mañana apareció en el salón una jaula nueva, más grande, más alta… y con un ocupante muy extraño.

Era un loro verde, con pico rojo, ojos vivarachos y una forma de mirar como si ya supiera todos los secretos del mundo.

Se llamaba…

Don Pirulí

—¡Buenos días, plumíferos! —dijo el loro, inclinando la cabeza—. ¿Quién manda aquí?

Pipo casi se cae del columpio.

—¿Pero… pero… habla? —susurró.

—¡Claro que hablo! Y también canto, silbo, recito poesías y, si me apetece, imito el timbre de la puerta —respondió Don Pirulí muy orgulloso.

Lila abrió mucho los ojos.

—¡Qué barbaridad! ¡Es como una radio con plumas!

Don Pirulí sonrió satisfecho.

—Gracias, pequeña admiradora.

Desde aquel día, la casa se convirtió en un auténtico festival de locuras.

El loro más bromista del vecindario

Don Pirulí era muy divertido… pero también un poquito trasto.

Le encantaba imitar voces.

Cuando la dueña de la casa iba a sentarse tranquila con su café, de pronto se oía:

—¡Maríaaa, el teléfonooo!

Y la pobre mujer salía corriendo a buscar el teléfono… que no sonaba.

—¡JA, JA, JA! —se reía Don Pirulí, agarrado a su palo como un rey pirata.

Otro día gritó:

—¡Ay, que se quema la tortilla!

Y todos fueron a la cocina… pero allí no se quemaba nada.

Pipo estaba escandalizado.

—Este loro está completamente loco.

Lila, en cambio, no podía parar de reír.

—¡A mí me cae bien! ¡Es como una fiesta con pico!

Pero Pipo tenía un problema.

Desde que llegó Don Pirulí, ya nadie hablaba del canto elegante de los canarios.
Ahora todo era:

—¡Qué gracioso el loro!
—¡Qué listo Don Pirulí!
—¡Mira cómo habla!

Y Pipo se puso…
celosillo.

El gran concurso de talentos

Una tarde, Lila tuvo una idea brillante.

—¡Ya está! ¡Vamos a hacer un concurso de talentos!

—¿Un qué? —preguntó Pipo.

—Un concurso —repitió Lila emocionada—. Así cada uno demuestra lo que sabe hacer mejor.

Don Pirulí se arregló dos plumas del ala.

—Acepto el desafío.

Pipo tragó saliva.

—Yo también.

Y así, al día siguiente, cuando entró la dueña al salón, se encontró con el espectáculo más raro del mundo.

Primero salió Pipo.

Se subió a su columpio, infló el pecho y empezó a cantar con una voz tan bonita, tan fina y tan alegre, que hasta el reloj de pared pareció escuchar en silencio.

—¡Piiiii-píííí-pííííí!
—¡Tirulííííííí!
—¡Chirriiiiiiíííí!

Lila aplaudía con las alas.

—¡Bravo, Pipo! ¡Parece un concierto en el cielo!

Luego fue el turno de Lila.

Ella no cantó tan fuerte, pero hizo algo mucho mejor:
inventó una canción sobre las macetas, el sol, una galleta, una nube y un calcetín perdido.

No tenía mucho sentido…

pero era divertidísima.

Don Pirulí se reía tanto que casi se cae del palo.

—¡Eres una artista del disparate! —le dijo.

Por fin llegó el gran momento.

Don Pirulí aclaró la garganta, se puso muy serio y comenzó su número.

Primero imitó el timbre.

—¡Riiiiing, riiiiing!

Luego imitó a un gato.

—¡Miaaauuu!

Después a la vecina del tercero:

—¡Niñooo, baja de ahíiii!

Y finalmente… imitó a la dueña de la casa diciendo:

—¡A ver quién me ha tirado las pipas al suelo!

En ese momento, la dueña entró justo en el salón, miró el suelo lleno de pipas… y se quedó congelada.

Los tres pájaros se miraron.

Silencio.

Y entonces Don Pirulí dijo, con voz pequeñita:

—Creo… que esta parte del espectáculo no estaba ensayada.

El desastre del ventilador

Pero lo mejor —o lo peor— ocurrió unos días después.

Era verano, hacía calor, y habían dejado el ventilador encendido cerca de la ventana.

Don Pirulí, que era muy curioso, decidió hacer una demostración de valentía.

—Atención, amigos —dijo subido a su palo—. Voy a realizar el gran vuelo del capitán Pirulí.

—No lo hagas —dijo Lila.

—Eso no tiene pinta de acabar bien —añadió Pipo.

Pero el loro ya había abierto las alas.

—¡Aventuraaaaa!

Saltó…

y en vez de volar con elegancia, salió despeinado por el aire como una lechuga con patas.

—¡FLOF-FLOF-FLOF-FLOF!

El viento del ventilador le dejó las plumas del copete hacia atrás, una ala torcida y una dignidad muy, muy dañada.

Pipo y Lila se quedaron en silencio dos segundos.

Y luego…

—¡JA JA JA JA JA JA JA! —estallaron los dos.

Hasta Don Pirulí terminó riéndose.

—De acuerdo —dijo mientras se recolocaba una pluma—. Quizá no he nacido para piloto.

La gran verdad

Aquella noche, cuando la casa quedó en silencio y la luna se asomó a la ventana, los tres se quedaron muy quietecitos en sus jaulas.

Pipo habló el primero.

—Yo pensaba que eras un pesado.

Don Pirulí asintió.

—Lo soy un poco.

Lila soltó una risita.

—Pero también eres muy divertido.

Pipo miró a sus dos amigos y dijo algo importante:

—Supongo que no todos tenemos que hacer lo mismo para ser especiales.

Lila dio un saltito.

—¡Claro! Tú cantas precioso.

—Tú inventas canciones locas —dijo Don Pirulí.

—Y tú… —añadió Pipo— haces reír a todo el mundo.

Don Pirulí se puso muy serio por un momento.

—Entonces… ¿somos un equipo?

Lila levantó el ala.

—¡Sí!

Pipo levantó la suya.

—¡Sí!

Y Don Pirulí gritó tan fuerte que hasta un gato de la calle salió corriendo:

—¡¡¡EL TRÍO PLUMÍFERO!!!

Desde entonces, cada mañana, en aquella casa con macetas en el balcón, se escuchaban tres cosas:

el canto bonito de Pipo,
las canciones disparatadas de Lila,
y las ocurrencias imposibles de Don Pirulí.

Y aunque a veces seguían montando líos, también aprendieron algo muy importante:

que cada uno brilla a su manera,

y juntos, la vida suena mucho mejor.

FIN

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