
Hoy me he quedado
a la orilla del silencio,
en esta casa que respira despacio
como un corazón en calma.
Las paredes no hablan,
y sin embargo
todo pronuncia tu Nombre.
He dejado fuera
el ruido de mis pasos,
la prisa,
las preguntas que se empujaban
dentro de mi cabeza
como pájaros sin cielo.
Aquí
hasta el pensamiento se arrodilla.
La mañana entra
en forma de luz fina
por la ventana de la capilla,
y mi alma —tan acostumbrada al combate—
aprende por fin
a no defenderse.
No tengo nada que decirte,
y en ese nada
me colmas.
La naturaleza ora conmigo:
los árboles elevan sus brazos verdes,
la tierra huele a salmo recién nacido,
una brisa pasa
como página del Evangelio.
Y yo
tan llena de palabras siempre,
descubro el idioma del sosiego.
No soy mis voces interiores,
no soy la tormenta que repite mi nombre.
Soy este instante
donde tu paz me habita.
Aquí
rezar es descansar en tu pecho,
cerrar los ojos
y saberme mirada.
Cuando vuelva al mundo
llevaré este silencio
como quien guarda
agua en un cántaro.
Y beberé de él
cada vez que el ruido
quiera volver a ser dueño de mí. 🌿