Soy como una muñeca de porcelana rota. No empecé el año con brillo. Empecé con grietas.

Como esas muñecas antiguas que se colocan en una estantería para que no se caigan, para que no molesten, para que no se note que ya no encajan del todo. Por fuera aún parecen enteras. Por dentro, cualquier movimiento duele.
He aprendido a sonreír con fisuras.
A sostenerme aunque falten piezas.
A parecer intacta cuando en realidad estoy cansada de recomponerme.
Ser una muñeca de porcelana rota no significa estar acabada.
Significa haber soportado demasiadas caídas sin permiso para romperse del todo.
Significa que cada gesto requiere cuidado extremo.
Que el cuerpo guarda memoria del golpe.
Que el alma va más despacio.
Este segundo post del año no celebra metas ni fuerza.
Celebra algo más humilde y más real: seguir aquí, aunque sea con grietas visibles.
Aunque el pegamento no sea perfecto.
Aunque haya días en los que solo pueda quedarme quieta para no romperme más.
Hoy mi autocuidado no es arreglarme.
Es no exigirme volver a ser nueva.
Es aceptar que lo roto también merece ternura.
Soy como una muñeca de porcelana rota.
Y aun así —o precisamente por eso— sigo siendo valiosa.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *