
Esta noche
el cielo ha bajado despacio
hasta la habitación blanca del hospital,
y en el silencio donde las máquinas susurran
late un jardín que nadie ve.
Tomás duerme.
Y la Virgen —
madre de todos los latidos frágiles—
lo acuna en su regazo de luna,
con un manto tejido de estrellas pequeñas
y olor a romero y a infancia.
Sus manos son dos palomas
posadas sobre su frente,
y en su pecho
crece un bosque de paz
donde no entra el miedo.
Jesús camina a su lado
por un sendero de agua clara.
No lo suelta.
Nunca.
Su mano es raíz
que se agarra a la tierra viva del alma,
su voz
un río que dice:
“Levántate despacio,
pequeño,
que la mañana te espera
con los bolsillos llenos de luz.”
Fuera,
los olivos inclinan su sombra para rezar,
las montañas encienden
sus lámparas verdes,
y un mirlo
ensaya la primera nota de la esperanza.
En los cables del sueño
cuelgan mariposas de cal
y campanillas de aire limpio.
Todo respira suavemente
para que su corazón
encuentre el camino de regreso.
Tomás —
niño del alba,
monaguillo de la alegría—
la Virgen te nombra en cada latido
y Jesús
te lleva de la mano
por la pradera donde florece la salud.
Y tu nombre
se vuelve semilla,
y tu cuerpo
un brote nuevo
empujando la tierra hacia la vida.
Amanece.
Y hay un sol
arrodillado en tu almohada.