
Tres años sin tu voz
y todavía el aire pronuncia tu nombre.
El tiempo pasa, dicen,
pero hay ausencias que no envejecen,
que aprenden a vivir dentro del pecho.
Fuiste manos antes que palabras.
Manos que pintaban la vida
con colores que no existen en los cuadros,
que cosían sueños en silencio,
que daban forma al amor
en trajes imposibles y muñecas de trapo
con alma.
En cada puntada iba tu paciencia,
en cada pincelada, tu manera de mirar el mundo.
Convertías lo simple en milagro:
un retazo en belleza,
harapos en ternura,
galletas en un pastel
que sabía a hogar.
Hoy busco tu risa
en las cosas que tocaste.
En las telas que aún guardan tu calor,
en los colores que no se atreven a apagarse,
en mis propias manos,
que sin saberlo te imitan.
Cuánto te añoro, mami.
Te extraño en lo cotidiano,
en lo que nadie ve:
en el consejo que no pude pedirte,
en el orgullo que sé que sentirías,
en el abrazo que aún necesito.
Tres años sin ti
y sigues creando dentro de mí.
Porque una madre artista
no muere:
se vuelve herencia,
memoria viva,
amor que duele
y al mismo tiempo sostiene.
Descansa, mami.
Aquí sigo,
amándote con todo lo que me enseñaste
sin palabras.