
Tres épocas, tres historias y una misma herida. Pero también una historia de amor, de arte y de libertad.
Anoche fui al cine a ver La bola negra, la película de Los Javis, y salí con sentimientos encontrados. De esas veces en las que una película te gusta por muchas cosas, pero también hay otras que te hacen pensar y que, inevitablemente, condicionan tu experiencia como espectadora.
Lo que más me ha gustado ha sido, sin duda, la forma de contar la historia. La película transcurre en tres épocas diferentes y va entrelazando las vidas de sus protagonistas de una manera ágil, dinámica y muy interesante. Ese ir y venir en el tiempo hace que la narración enganche, que quieras descubrir qué une a unos personajes con otros y cómo las heridas del pasado siguen proyectando su sombra sobre el presente.
Es un recurso narrativo que me parece magnífico. No se trata simplemente de contar tres historias, sino de descubrir los hilos invisibles que las unen. Y eso, cuando está bien hecho, consigue que una película mantenga tu atención y te invite a reflexionar incluso después de abandonar la sala.
También me ha gustado mucho que se hable abiertamente de la homosexualidad y del amor entre personas del mismo sexo. Que se hable del deseo, de los sentimientos y de la libertad de amar sin esconderse, sin pedir permiso y sin tener que justificar la propia existencia.
Porque el amor no debería necesitar una autorización social para ser vivido. Amar es algo profundamente humano, y nadie tendría que sentirse señalado, rechazado o condenado por amar a alguien de su mismo sexo.
Me ha parecido bonito que la película aborde esa libertad desde la sensibilidad y que nos recuerde cuánto daño puede hacer una sociedad cuando convierte los prejuicios en normas y la diferencia en motivo de exclusión.
Y, por supuesto, también me ha interesado la presencia de Federico García Lorca, el teatro y la poesía. Hay algo especialmente conmovedor en la idea de rescatar una obra inacabada, de recuperar aquello que pudo quedar interrumpido y de preguntarnos cuántas historias, cuántos versos y cuántas voces se han quedado por el camino.
La cultura tiene esa capacidad extraordinaria de mantener viva la memoria, de devolvernos preguntas que creíamos resueltas y de permitir que aquello que estuvo a punto de desaparecer encuentre una nueva forma de existir.
El arte también es una manera de rescatar lo que el tiempo, el miedo o la intolerancia intentaron silenciar.
Y, sin embargo, hay algo que me cansa…
Estoy cansada de la guerra, de la sangre, de los cuerpos tendidos en el suelo y de tantas imágenes de violencia que parecen haberse convertido en un recurso habitual del cine. No significa que no comprenda su importancia dentro de determinadas historias, ni que piense que debamos borrar lo sucedido. Simplemente, como espectadora, necesito también otras narraciones. Historias que hablen de la vida, de la esperanza, de la belleza y de todo aquello que nos permite seguir adelante.
Y estoy especialmente cansada de que la Guerra Civil española continúe ocupando tanto espacio en nuestras conversaciones culturales, como si todavía necesitáramos dividirnos entre los de un lado y los del otro.
Quiero pasar página. No olvidar, porque olvidar la historia sería un error. Pero sí dejar de vivir permanentemente enfrentados a través de ella.
Durante años he tenido la sensación de que muchas representaciones culturales han tendido a presentar a los republicanos como los buenos y a los nacionales como los malos, como si la condición moral de una persona pudiera determinarse únicamente por el bando al que perteneció. Y esa simplificación me cansa.
Creo que hubo personas buenas y malas en ambos bandos, como las ha habido en todas las épocas. Hubo seres humanos que sufrieron, que perdieron a sus seres queridos, que padecieron injusticias y que hicieron lo que pudieron en circunstancias terribles. También hubo responsables de atrocidades y personas que cometieron actos crueles.
Reconocer esa complejidad no significa equiparar responsabilidades históricas ni negar los hechos. Significa, sencillamente, que me resisto a mirar el pasado con unas gafas que solo me permitan distinguir dos colores.
La historia merece ser conocida, estudiada y contada con rigor. Las víctimas merecen respeto, y los hechos deben explicarse en su contexto. Pero creo que podemos hacerlo sin convertir cada relato en una nueva trinchera.
Además, quiero aclarar algo: La bola negra no me ha molestado especialmente por este motivo. Mi cansancio viene de más lejos. Es una sensación acumulada ante tantas películas y relatos que vuelven una y otra vez a la guerra. En esta ocasión, lo que más me ha llegado ha sido otra cosa.
Me quedo con el amor, la poesía y el teatro
Si tuviera que elegir aquello que me llevo de esta película, elegiría la libertad de amar, la fuerza de la literatura y la belleza de una narración que atraviesa tres épocas.
Me quedaría con esa capacidad de entrelazar vidas diferentes para mostrarnos que el tiempo pasa, las sociedades cambian y, sin embargo, algunas heridas permanecen. También con la necesidad de que cada persona pueda vivir su identidad sin miedo al rechazo.
Y me quedaría con Lorca, con el teatro y con la poesía. Porque hay obras que, aunque queden incompletas, siguen despertando preguntas. Y hay palabras que sobreviven a quienes las escribieron porque siempre encuentran a alguien dispuesto a escucharlas.
Quizá esa sea una de las grandes virtudes del arte: permitirnos volver la mirada hacia atrás sin quedarnos atrapados en el pasado.
No necesitamos olvidar para avanzar. Pero tampoco podemos permitir que las heridas de nuestros antepasados nos impidan construir una convivencia más serena.
Podemos conocer nuestra historia, aprender de ella y reconocer el dolor de quienes nos precedieron. Y, al mismo tiempo, elegir hablar más del presente, de lo que nos une y del futuro que queremos compartir.
Porque, al final, me interesa mucho más aquello que somos capaces de construir que aquello que seguimos empeñados en reprocharnos.
Quiero un cine que me haga pensar, que me emocione y que me permita descubrir otras formas de mirar el mundo. Un cine que hable de las heridas, sí, pero también de la capacidad de curarlas. Que hable de las diferencias, pero para enseñarnos a respetarlas. Que hable de la libertad y del amor sin miedo, sin prejuicios y sin fronteras.
Y si, además, lo hace a través de la poesía, del teatro y de una historia contada con inteligencia, como sucede con ese juego de tres épocas que tanto me ha gustado de La bola negra, entonces siento que el cine sigue teniendo mucho que ofrecerme.
Porque no quiero vivir mirando eternamente hacia las trincheras.
Quiero mirar hacia delante. Hacia la vida, hacia la libertad y hacia ese mundo en el que amar, crear y ser uno mismo no tenga que convertirse nunca más en una lucha.
Y tú, ¿qué buscas cuando vas al cine? ¿Te gusta que las películas vuelvan una y otra vez a las heridas de nuestra historia o prefieres las que, sin olvidar el pasado, nos invitan a mirar hacia el futuro?
🎬 Porque recordar es necesario, pero aprender a convivir también lo es.