“Donde el agua aprende a cantar en colores”

La noche llegó a Priego de Córdoba como un susurro antiguo, de esos que parecen venir de otro siglo. Teresa, Pilar y Elena habían llegado esa misma tarde, con la emoción ligera de quien viaja sin prisa,

pero con el alma abierta. Se hospedaban en el Hostal Rafi, un lugar sencillo donde las paredes parecían guardar historias de viajeros que también, como ellas, habían venido buscando algo sin saber exactamente qué.

La ciudad al anochecer
Salieron a caminar cuando el cielo se volvió de un azul profundo. Las calles estrechas, las fachadas blancas, las rejas negras y los balcones parecían dibujados con paciencia, como si alguien hubiera querido detener el tiempo allí.

—Aquí todo tiene memoria —dijo Teresa.

Y era verdad. En cada rincón se respiraba esa mezcla de culturas, ese eco lejano de la influencia musulmana que aún se adivinaba en los arcos, en las sombras, en la forma en que la luz se deslizaba por las paredes.

Elena caminaba en silencio, observando. Había algo en esas rejas… algo que le hablaba.

Entonces la vio.

Una muchacha, apenas una silueta, asomada a un balcón. Inmóvil. Esperando.

Y abajo, un joven caminaba despacio, fingiendo casualidad. Pasaba una vez… y otra… y otra.
Elena sonrió.

—Eso sigue ocurriendo —susurró.
Pero cuando volvió a mirar… ya no estaban.
El encuentro de poesía
El motivo del viaje era el encuentro “Poetas en Red”.

Llegaron a una pequeña plaza donde unas sillas formaban un círculo imperfecto. La luz era tenue, casi íntima.

Alguien comenzó a leer.

Las palabras no solo se escuchaban: parecían quedarse suspendidas en el aire, como si se pudieran tocar.
P
Pilar leyó un poema sobre la ausencia. Teresa, uno sobre la risa que salva. Y cuando llegó el turno de Elena, dudó.

Miró sus manos.

—Yo… aún no tengo palabras —dijo—. Pero creo que tengo colores.

Hubo un silencio que no incomodaba.

La fuente de los cien caños
Después del encuentro, caminaron hasta la fuente.

La Fuente del Rey parecía viva.
Más de cien caños dejaban
el agua con una música hipnótica. La luz se reflejaba en los surtidores, creando destellos que parecían pequeños milagros.

Elena sacó sus ceras.

Se sentó en el borde.

Y comenzó a pintar.
No intentaba copiar la fuente. Pintaba lo que sentía: el murmullo del agua, la memoria de la piedra, la luz que parecía respirar.

Y entonces ocurrió.
El agua empezó a cambiar.

No en realidad —o quizá sí—, pero Elena vio cómo los colores de su dibujo se deslizaban hacia la fuente. El rojo, el verde, el azul… como si la realidad aceptara el lenguaje de las ceras.

Teresa la miró, sin sorpresa.

—A veces —dijo—, cuando miras bien… las cosas responden.
Pilar cerró los ojos.
—Y cuando escribes… también.
El regreso
Volvieron despacio al hostal.
Las calles seguían llenas de balcones, de rejas, de historias suspendidas. Pero ahora ya no eran solo arquitectura: eran escenas vivas.

Elena guardó su dibujo.
Sabía que no era solo un recuerdo.

Era una puerta.

Antes de entrar al Hostal Rafi, miró atrás una última vez.
Y allí, en una ventana, la muchacha volvió a aparecer.
El joven pasó por la calle.
Esta vez, se miraron.

Y esta vez… no desaparecieron.
Elena sonrió.

Quizá no eran fantasmas.
Quizá eran versos que aún no habían terminado de escribirse.

Y ella, con sus ceras, acababa de empezar el suyo.
 

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