
Pasear hoy por las calles de Úbeda produce una sensación difícil de ignorar. Donde antes había escaparates llenos de vida, pequeños negocios familiares y comercios con personalidad propia, ahora aparecen persianas cerradas y locales vacíos.
A veces surge una nueva tienda. La vemos abrir con ilusión, decorar el escaparate y comenzar una aventura llena de esperanza. Sin embargo, no siempre logra mantenerse. Meses después, vuelve a aparecer el mismo cartel: «Se alquila» o «Se vende». El ciclo se repite una y otra vez.
No se trata únicamente de una impresión personal. El pequeño comercio atraviesa una situación complicada en toda España. El aumento de los costes, la competencia de las grandes plataformas de venta por internet y los cambios en nuestros hábitos de consumo han transformado profundamente la vida comercial de pueblos y ciudades.
Sin embargo, detrás de cada cierre hay algo más que números.
Cuando desaparece una tienda de barrio no perdemos solo un servicio. Perdemos un lugar que formaba parte de nuestra rutina, alguien que nos conocía por nuestro nombre, una conversación cotidiana que hacía más humana la vida de la ciudad.
Y si hablamos de librerías, la pérdida resulta aún más profunda.
Las librerías son refugios para la imaginación, espacios donde nacen descubrimientos inesperados y donde la cultura deja de ser algo distante para convertirse en una experiencia compartida.
Por eso el cierre de la Librería El Duende me produce una tristeza especial.
Para muchas personas fue una magnífica librería. Para mí fue también un lugar de encuentro, de amistad y de crecimiento literario.
Entre sus estanterías encontré lectores, escritores, artistas y personas enamoradas de los libros. Allí siempre hallé una acogida generosa para mis proyectos y mis obras. No era simplemente un establecimiento comercial; era un espacio donde la cultura respiraba.
Guardo recuerdos muy hermosos de aquellos años, pero hay uno que permanece especialmente vivo en mi memoria: la presentación de mi cuento De la Tierra a Urda.
Aquella tarde no presenté únicamente un libro. Compartí un sueño.
Recuerdo los nervios previos, la emoción de explicar cómo nació la historia, de hablar de sus personajes y de descubrir en los ojos de los asistentes la curiosidad y el entusiasmo que todo autor desea encontrar. Entre preguntas, sonrisas y conversaciones, sentí algo que quienes escribimos conocemos bien: el instante mágico en que una historia deja de pertenecerte para empezar a vivir en otras personas.
La fotografía de aquel encuentro resume perfectamente lo que fue El Duende. Un lugar lleno de vida. Un espacio donde convivían lectores de todas las edades, autores locales, artistas y vecinos con ganas de compartir una tarde alrededor de la cultura.
Por eso su cierre duele tanto.
Duele porque desaparece un comercio local en una época en la que cada vez resulta más difícil mantener vivos estos proyectos. Duele porque se pierde un foco cultural imprescindible. Pero, sobre todo, duele porque se apaga uno de esos lugares que ayudan a construir el alma de una ciudad.
Las ciudades no se sostienen únicamente con monumentos, plazas o edificios históricos. También se sostienen gracias a los espacios donde las personas se encuentran, conversan y crean comunidad.
Durante años, El Duende fue uno de esos lugares.
Hoy su persiana permanece bajada, pero los recuerdos siguen ahí: las presentaciones de libros, las conversaciones entre lectores, las recomendaciones compartidas y la ilusión de tantos autores que encontraron entre aquellas paredes una oportunidad para darse a conocer.
Yo prefiero quedarme con la gratitud.
Gratitud por cada acto celebrado allí. Gratitud por la confianza depositada en mis libros. Gratitud por haber podido presentar De la Tierra a Urda en un lugar que entendía que los libros son mucho más que objetos: son puentes entre personas.
Las librerías pueden cerrar sus puertas.
Pero las historias que ayudaron a nacer continúan caminando.
Y mientras haya lectores que las recuerden, una parte de El Duende seguirá viva en Úbeda.
Me gusta tu comentario y lo comparto.Siempre que pasaba por Úbeda compraba algún libro. Es una pena que haya cerrado.