
A las siete y media de la mañana, cuando Úbeda bosteza entre campanas y la luz comienza a dorar la piedra antigua, emprendimos el camino.
Bajamos la Corredera cuesta abajo, hablando de la vida, de los sueños y de esas pequeñas historias que hacen que los kilómetros desaparezcan.
Mis ojos vigilaban el empedrado para no tropezar, mientras el corazón se entretenía con la conversación y el paisaje.
Llegamos a los miradores.
Allí, el horizonte se abrió de repente como una página inmensa. Un mar infinito de olivos ondulaba hasta perderse en la distancia, y al fondo, Sierra Mágina despertaba lentamente, envuelta en una suave bruma matinal.
Entonces saqué mi poemario, En lo más profundo de mi ser, y lo sostuve entre mis manos.
Pensé que quizá no existe mejor forma de presentar un libro que llevarlo a pasear por los lugares que amamos. Que los versos respiren aire limpio, que contemplen los mismos paisajes que inspiraron tantas emociones.
Atrás quedó la Puerta de Granada. Después llegó la subida del Dieciocho de Julio, poniendo esfuerzo en las piernas y satisfacción en el alma.
Pasamos junto al Hospital de Santiago, siempre elegante, y seguimos hasta Ramón y Cajal, la Trinidad y el regreso a casa.
Mi amigo decía que era un simple paseo. Yo sentía que era una pequeña aventura.
Porque cada paso llevaba consigo la belleza de la mañana, la amistad compartida, el inmenso mar de olivos y un libro que, por unas horas, también caminó conmigo.
Y mientras la luz seguía creciendo sobre Úbeda, comprendí que los poemas, como las personas, necesitan salir al mundo.
Y qué mejor escaparate para un libro que los miradores de Úbeda, con Sierra Mágina al fondo y el corazón lleno de palabras.