
No quiero estar enferma.
No quiero haber nacido con una parálisis cerebral.
No quiero que me duelan los pies,
ni caminar con el cansancio pegado a los huesos.
No quiero despertar cada mañana
con un cuerpo que parece pedir permiso para existir.
No quiero que la vida escriba en mi piel
sus cicatrices más oscuras.
No quiero sentir lástima de mí misma.
No quiero ser la mirada que otros compadecen,
ni el límite que otros nombran.
No quiero sentirme observada,
anulada,
reducida a aquello que me falta.
Yo quiero otra cosa.
Quiero sentir la luna acariciando mi piel
como si también fuera para mí.
Quiero que la brisa del mar
borre por un instante el peso de los días.
Quiero sentir que valgo,
que sigo siendo necesaria,
que todavía puedo sembrar belleza
aunque mis pasos sean más lentos.
Quiero amaneceres con olor a tierra mojada,
el rocío descansando sobre mis manos,
el canto de un pájaro recordándome
que la vida siempre insiste.
Y cuando las fuerzas se apaguen,
cuando el dolor quiera convencerme
de que todo termina aquí,
¿cuándo sentiré tu mano?
¿Cuándo rozará mi rostro la fragancia de Dios?
¿Cuándo comprenderé que ninguna herida
es más grande que tu abrazo?
Mientras llega ese día,
seguiré caminando.
No porque no me duela,
sino porque aún creo
que después de la noche más larga
siempre existe una aurora
capaz de pronunciar mi nombre.