
Hay despedidas que se quedan viviendo para siempre en un rincón del alma.
La de Sasha y Bimba fue una de ellas.
No las dejé de querer. Al contrario. Las quise tanto que me rompió el corazón aceptar que mi realidad ya no podía ofrecerles lo que merecían.
A veces creemos que el amor basta. Ojalá fuera así. Pero hay momentos en los que la vida nos enfrenta a nuestros propios límites. Mi cuerpo, mis fuerzas y mis circunstancias me obligaron a reconocer una verdad que dolía demasiado: querer no siempre significa poder.
Las vi alejarse con el pecho hecho pedazos, preguntándome una y otra vez si estaba haciendo lo correcto. Sentía que les fallaba. Que las abandonaba.
Con el tiempo comprendí que no.
Abandonar habría sido aferrarme a ellas por miedo a sufrir, ignorando que necesitaban una vida que yo, por mucho que las amara, ya no podía darles.
Hay decisiones que nacen del amor, aunque tengan forma de despedida.
Sasha y Bimba dejaron sus huellas en mi casa, en mis manos y en mi corazón. Cada rincón guarda un recuerdo suyo: una mirada, un ronroneo, un juego inesperado, la silenciosa compañía de quienes nunca pidieron nada más que cariño.
Las sigo queriendo. Y siempre las querré.
Hay personas que pueden pensar que es solo un gato. Quienes han amado a un animal saben que no es verdad. Son familia. Son refugio. Son una parte de nuestra historia.
Hoy las recuerdo con una mezcla de tristeza y gratitud.
Perdonarme por aquella decisión también ha sido un acto de amor hacia mí. Porque mis límites eran reales. Porque mi discapacidad y mis fuerzas marcaban un camino que no podía ignorar. Porque cuidar también significa reconocer cuándo ya no puedes hacerlo como ellos necesitan.
Sasha y Bimba, gracias por todo lo que me regalasteis.
Nunca fue falta de amor.
Fue, precisamente, porque os amaba tanto que tuve el valor de dejaros ir.
Y hay despedidas que, aunque duelan para siempre, también son una forma inmensa de amar.