
Hoy el bosque amaneció distinto.
El viejo roble, que nunca lloraba, dejó caer una hoja dorada. El petirrojo guardó silencio. La ardilla escondió una bellota entre el musgo como si fuera un tesoro. Y las flores silvestres levantaron sus pétalos hacia el cielo, sonriendo en lugar de inclinarse.
Entonces comprendí que hoy hacía tres años y seis meses que emprendiste el camino de las nubes.
Pero nadie allí hablaba de ausencia.
La luna, con su delantal de plata, contaba a los conejos pequeños que las madres buenas no desaparecen; aprenden a transformarse en todo aquello que regala vida.
Por eso los almendros florecen antes de tiempo, porque tú les susurras cuentos al oído.
Por eso las mariposas nunca olvidan el camino, porque tus manos dibujan senderos invisibles entre las flores.
Dicen los gorriones que cada amanecer recoges los primeros rayos del sol y los conviertes en semillas de alegría, para que la Tierra nunca se olvide de sonreír.
Las abejas guardan tu dulzura en la miel de cada primavera.
Los ciervos beben en los arroyos donde se refleja tu ternura.
Y las luciérnagas encienden pequeñas lámparas cada vez que un hijo extraña a su madre, para que el corazón encuentre el camino de regreso al amor.
Yo, mientras tanto, camino despacio por este bosque, escuchando el lenguaje secreto de los árboles.
A veces una hoja cae sobre mi hombro, y sé que eres tú.
Otras veces el viento juega con mi pelo, y parece que vuelves a acariciarme.
Y cuando una golondrina cruza el cielo, lleva en sus alas una sonrisa tuya que solo mi alma sabe reconocer.
Hoy no quiero pensar que te fuiste.
Prefiero imaginar que eres la jardinera del cielo.
Que cuidas rosales de estrellas, que riegas las nubes con agua de luna, que enseñas a cantar a los ruiseñores y que cada arcoíris nace cuando tus manos acarician la lluvia.
Porque las madres como tú no conocen el invierno.
Se convierten en primavera.
Y desde allí, entre animales que hablan, árboles que abrazan, flores que recuerdan y cielos llenos de luz,
sigues encontrando la manera de decirme, sin palabras:
«Hija mía, mientras exista una flor que nazca, un pájaro que cante o un árbol que dé sombra, yo seguiré caminando contigo.»
Y entonces comprendo que el amor verdadero no vive en la memoria.
Vive en cada brote nuevo, en cada amanecer, en cada rincón de la naturaleza donde el cielo decide florecer sobre la Tierra.