

Hay amaneceres que no necesitan palabras. Solo hay que quedarse quieta, mirar y dejar que la mañana entre despacio por los ojos y por el alma.
Este es mi primer amanecer en Coto Ríos, en plena Sierra de Cazorla, y siento que Dios ha sacado hoy su paleta de colores para pintar el cielo poquito a poco. Sin prisas. Como si quisiera que pudiéramos ver cada pincelada.
Primero la oscuridad, después esos claroscuros que comienzan a despertar entre las montañas. Una luz tímida que se abre camino, acariciando las copas de los árboles y dibujando el paisaje con tonos que cambian a cada instante.
Y mientras tanto, la naturaleza canta.
Los pájaros anuncian que comienza el día. Algún gallo se adelanta con su particular despertador. Se escucha el murmullo de la mañana, el aire entre los árboles, la vida que empieza a moverse sin necesidad de que nadie le dé instrucciones.
Y pienso que hay cosas que nadie puede fabricar.
Nadie puede pintar un amanecer como Dios. Nadie puede componer una sinfonía con el canto de los pájaros, el despertar de los animales y el susurro de la naturaleza. Nadie puede regalarte un momento exactamente igual al anterior.
Por eso este amanecer me reafirma en algo que llevo muy dentro: Dios es único ofreciendo belleza.
Me ofrece este día de a poquito. Sin exigirme nada. Primero un rayo de luz, después otro… hasta llenar de color las montañas y recordarme que siempre existe una oportunidad para volver a empezar.
Aquí, en Coto Ríos, frente a la Sierra de Cazorla y las Villas, siento que la vida se detiene un instante para decirme: mira, todavía hay belleza.
Y yo miro.
Escucho.
Respiro.
Y doy gracias.
Porque este amanecer no lo he comprado, ni lo he buscado, ni lo he podido provocar.
Simplemente me lo ha regalado Dios.
Y qué manera tan bonita de comenzar el día.
Una maravilla Elena. Un saludo.
Muchas gracias 😘