Bailar contra todo pronóstico

Anoche volví a sentir algo que creía que ya no podía hacer: bailar sin pensar demasiado. Bailar por el simple placer de hacerlo. Bailar hasta olvidarme, durante unas horas, de mis limitaciones, de mis dolores y de ese cuerpo que muchas veces parece ponerme barreras.

El escenario era la Plaza de Toros de Úbeda y la noche prometía un viaje musical a los años 90 y 2000. Luces de colores, música atronadora, canciones que forman parte de nuestra memoria y un ambiente de esos que te hacen recordar otros tiempos. El concierto de We Music Xperience 90&00 reunía a quienes queríamos volver a cantar y bailar aquellas canciones que tantas veces hemos escuchado.

Y allí estaba yo, con Inma y Virginia.

Reconozco que antes de ir tenía mis dudas. Sabía que iba a ser un concierto de pie y eso, para mí, ya supone todo un reto. Con mi discapacidad y los problemas que tengo en los pies, permanecer mucho tiempo de pie no es precisamente fácil. Los dolores aparecen, las piernas se cansan y llega un momento en que el cuerpo empieza a decirte que pares.

Pero aquella noche decidí intentarlo.

Al principio estaba pendiente de mis pies. Después dejé de pensar en ellos. La música empezó a sonar y algo dentro de mí cambió. Una canción, otra, otra más… y empecé a bailar.

No bailaba así desde hacía años.

Mis pies dolían. Mucho. Llegó un momento en que prácticamente ya no los sentía. Pero seguí. Bailé y bailé. Lo di todo. Como si durante unas horas quisiera demostrarme a mí misma que todavía podía. Que mi discapacidad no tenía por qué decidir siempre hasta dónde podía llegar.

No se trataba de demostrarle nada a nadie. Ni siquiera de hacerme la fuerte. Se trataba de disfrutar. De estar allí con mis amigas, de compartir risas, canciones y recuerdos. De permitirme hacer algo que hacía mucho tiempo que no hacía.

Y aguanté como una jabata.

Quizá alguien que me viera desde fuera solamente viera a una mujer bailando en un concierto. Pero para mí aquello significaba mucho más. Cada paso, cada movimiento y cada canción llevaban detrás años de aprender a convivir con un cuerpo que no siempre responde como quisiera.

Por eso aquella noche tuvo un valor especial.

Lo hice por Inma y Virginia, porque quería disfrutar con ellas de esa noche que habíamos decidido compartir. Pero también lo hice por mí. Porque necesitaba comprobar que todavía podía regalarme momentos así. Que todavía podía salir, disfrutar, reír, cantar y bailar aunque después mis pies me recordaran el esfuerzo.

Y sí, al final los pies pasaron factura. Pero mereció la pena.

Me quedo con las fotografías, con las canciones, con las luces, con las risas y, sobre todo, con esa sensación de haberlo conseguido.

Creí que no podría.

Y pude.

Quizá no de la misma manera que hace años. Quizá con dolor, con cansancio y teniendo que pagar después el precio del esfuerzo. Pero allí estuve. De pie. Bailando. Disfrutando.

A veces la vida no consiste en que desaparezcan las dificultades, sino en encontrar esos pequeños momentos en los que conseguimos que dejen de ocupar todo el espacio.

Anoche, durante unas horas, mis pies dolieron, pero mi alma bailó.

Y me alegro muchísimo de haber ido.

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