
Hoy no quiero ser fuerte.
No quiero que me digan que soy una luchadora, que soy valiente, que he superado tantas cosas. Hoy no quiero palabras bonitas. Hoy quiero decir que estoy harta.
Harta de esta amalgama de huesos, músculos, dolores y limitaciones que a veces siento que se han convertido en una jaula.
Harta de andar despacio.
De necesitar más tiempo que los demás para llegar a cualquier sitio.
De mirar un camino y calcular si podré hacerlo.
De pensar si habrá una caída.
De tener miedo a tropezar.
De necesitar ayuda para cosas que para otros son tan sencillas como caminar por la arena, entrar o salir del agua, subir una cuesta o simplemente permanecer mucho tiempo de pie.
Estoy cansada de que mi cuerpo decida por mí.
Hay días en los que mi cabeza quiere correr, descubrir, viajar, caminar, vivir.
Pero mis piernas dicen que no.
Y entonces aparece esa rabia que no sé dónde meter.
Porque yo sigo siendo yo.
La misma mujer que quiere salir, conocer lugares, reírse con sus amigas, ver un amanecer, caminar por una montaña, bailar en un concierto, llegar hasta donde llegan los demás.
Pero mi cuerpo tiene otros planes.
Y eso duele.
Duele muchísimo.
No solamente duelen los huesos.
No solamente duelen los músculos.
No solamente duelen los pies.
Duele sentir que tu propio cuerpo te está frenando.
Duele llegar a un punto en el que cada paso cuesta.
Duele saber que vas demasiado lenta.
Duele ver cómo los demás avanzan mientras tú intentas mantener el equilibrio.
Duele caerse.
Duele romperse.
Duele levantarse y volver a intentarlo.
Y duele todavía más cuando llevas toda una vida haciéndolo.
He aprendido a resistir.
He aprendido a aguantar.
He aprendido a disimular el dolor muchas veces.
He aprendido a decir «estoy bien» cuando no lo estoy.
Pero hoy no.
Hoy quiero decirlo alto:
NO PUEDO MÁS.
Mi umbral de dolor está llegando a su límite.
Y no es una cuestión de falta de ganas.
No es pereza.
No es que no quiera caminar.
No es que no quiera esforzarme.
Es que estoy agotada de luchar contra algo que no puedo dejar en casa cuando salgo por la puerta.
Mi discapacidad viene conmigo.
Mis pies vienen conmigo.
Mi dolor viene conmigo.
Mis limitaciones vienen conmigo.
Y también viene el miedo.
El miedo a caerme.
El miedo a hacerme daño.
El miedo a que llegue un día en que caminar sea todavía más difícil.
Y mientras tanto, yo sigo intentando vivir.
A veces con rabia.
A veces llorando por dentro.
A veces apretando los dientes.
Y muchas veces haciendo cosas que después pago con dolor.
Porque hay una parte de mí que se niega a rendirse.
Pero incluso esa parte está cansada.
Muy cansada.
Hoy no quiero romantizar la discapacidad.
No quiero convertir el sufrimiento en una historia bonita de superación.
Porque hay días en los que no hay ninguna lección.
Hay días en los que solamente hay rabia.
Impotencia.
Dolor.
Hartazgo.
Y lágrimas.
Y también está bien decirlo.
Está bien reconocer que no siempre puedo con todo.
Que no siempre soy una jabata.
Que también tengo derecho a estar cansada.
A enfadarme.
A preguntarme por qué.
A llorar.
A decir que esto es injusto.
Porque detrás de cada paso que doy hay un esfuerzo que muchas personas no pueden imaginar.
Y quizá por eso hoy necesito parar.
No para rendirme.
Sino para reconocer que necesito ayuda.
Necesito que alguien mire más allá de mi discapacidad y vea mi calidad de vida.
Que no se conforme con decirme «esto es lo que hay».
Porque yo quiero seguir viviendo.
Quiero seguir caminando.
Quiero seguir saliendo.
Quiero seguir viajando.
Quiero seguir disfrutando de mis amigas, de la naturaleza, de la playa, de los amaneceres y de todas esas pequeñas cosas que hacen que la vida merezca la pena.
Pero quiero hacerlo sin sentir que cada día tengo que librar una batalla contra mi propio cuerpo.
No quiero rendirme.
Quiero encontrar una manera diferente de seguir.
Una manera de caminar con menos dolor.
Con más seguridad.
Con más autonomía.
Con menos miedo.
Porque quizá no pueda cambiar mi pasado.
Pero todavía espero que exista alguna forma de cambiar mi futuro.
Y mientras encuentro ese camino, hoy me permito decirlo sin vergüenza:
Estoy enfadada.
Estoy agotada.
Estoy dolida.
Estoy harta.
Y sí…
hoy no puedo más.
Pero mañana, si puedo, volveré a intentarlo.
No porque sea invencible.
Sino porque, debajo de todo este dolor, todavía sigo teniendo ganas de vivir.
Ánimo y fuerzas preciosa…todos tenemos derecho a sentirnos así… pero luego pensamos y vemos lo bonita que es la vida a pesar de los pesares…la vida merece la pena vivirla…un abrazo enorme 🫂🫂🤗😘❤️