Feng Shui del corazón: aprender a desprenderse

Hay cosas de las que cuesta desprenderse aunque sepamos que ya no las necesitamos.

Hoy me he encontrado frente a varios muebles que durante un tiempo formaron parte de mi casa. Una habitación pequeña, llena de cosas de niña: ropa diminuta, vestidos, perchas, juguetes, recuerdos… Objetos que quizá para otra persona son simplemente muebles, pero que para mí contienen algo mucho más difícil de medir: tiempo.

Y ahí aparece una de esas contradicciones tan nuestras, tan europeas, tan mías.

Queremos una casa ordenada, bonita y despejada, pero al mismo tiempo nos cuesta muchísimo tirar o regalar aquello que lleva pegado un recuerdo.

Guardamos «por si acaso».
Guardamos porque «esto todavía puede servir».
Guardamos porque «me da pena».
Guardamos porque algún día quizá lo necesitemos.

Y, sin darnos cuenta, a veces terminamos viviendo rodeados de cosas que ya no utilizamos, pero que ocupan un espacio físico y también un pequeño espacio dentro de nosotros.

Desprenderse también duele

No voy a fingir que regalar estos muebles me resulta indiferente.

Hay cierta tristeza en abrir un armario y saber que ya no volverá a guardar aquellas ropitas. En mirar una cómoda infantil y recordar una etapa que ya pasó. En tocar la madera y pensar que, durante años, ese objeto estuvo ahí, formando parte de nuestra vida cotidiana.

Los objetos tienen esa capacidad extraña de convertirse en pequeñas cápsulas del tiempo.

Pero hay algo hermoso en saber que van a seguir viviendo.

Porque no los estoy perdiendo del todo.

Van a ir a las manos de otra niña.

Y esa idea transforma la pena.

Lo que para mí pertenece al pasado puede convertirse para ella en el comienzo de algo nuevo. El armario volverá a abrirse. Habrá vestidos pequeños colgados de sus perchas. Quizá alguien coloque dentro una primera prenda especial, un disfraz, un pijama favorito.

Y entonces comprendo que desprenderse no siempre significa perder.

A veces significa dejar que las cosas continúen su historia en otro lugar.

Mi contradicción occidental

Quizá ahí está una de nuestras grandes contradicciones.

Vivimos en una sociedad que nos anima constantemente a comprar, renovar, acumular y sustituir. Queremos más espacio, pero seguimos llenándolo. Queremos consumir de manera responsable, pero nos cuesta muchísimo desprendernos de lo que ya tenemos.

Y después está la memoria.

En mi caso, las cosas no son solamente cosas.

Una fotografía puede llevarme a una época.
Un mueble puede recordarme una habitación.
Una prenda puede devolverme una emoción.

Por eso desprenderme requiere un pequeño ejercicio interior: separar el recuerdo del objeto.

Porque el recuerdo no vive realmente en la madera.

Vive en mí.

El mueble puede marcharse y la historia permanece.

Y entonces aparece el Feng Shui

El Feng Shui chino propone una mirada muy diferente sobre nuestra relación con los espacios.

Más allá de si entendemos el Feng Shui como una tradición espiritual, una filosofía del hogar o simplemente como una manera consciente de organizar nuestro entorno, hay una idea que me resulta especialmente bonita:

lo que nos rodea influye en cómo habitamos nuestra vida.

Un espacio saturado puede transmitir sensación de peso. Uno despejado puede dar sensación de amplitud, movimiento y calma.

El Feng Shui habla de dejar circular el chi, esa energía vital que, simbólicamente, necesita encontrar caminos libres.

Y quizá eso también pueda aplicarlo a mi propia vida.

Porque a veces no solamente acumulamos muebles.

Acumulamos objetos, recuerdos, preocupaciones, culpas, «por si acaso», historias que ya terminaron y cosas que pertenecieron a una versión anterior de nosotros mismos.

Despejar una habitación puede convertirse, entonces, en una pequeña forma de despejar también la cabeza.

No quiero una casa llena. Quiero una casa viva

No quiero que mi casa parezca un almacén de recuerdos.

Quiero que tenga buena vibra.

Quiero entrar y sentir que puedo respirar.

Que las cosas tengan un lugar.
Que lo que permanezca tenga un sentido.
Que haya espacio para lo nuevo.

Y eso no significa convertirme de repente en una persona minimalista que vive con cuatro objetos y una planta.

No.

Yo seguiré teniendo cosas que amo y que probablemente jamás regalaré.

Porque desprenderse no consiste en deshacerse de todo.

Consiste en aprender a distinguir entre lo que amamos y lo que simplemente conservamos por miedo a dejarlo ir.

Y esa diferencia es enorme.

Una niña recibe lo que yo dejo marchar

Quizá por eso hoy siento dos cosas a la vez.

Pena y alivio.

Pena porque una parte de mí mira esos muebles y reconoce una historia.

Alivio porque otra parte sabe que ya es hora de abrir espacio.

Y sobre todo, alegría porque aquello que ya no necesito puede hacer feliz a otra niña.

Me gusta imaginar que esos muebles no se van de mi vida con tristeza.

Se van con gratitud.

Gracias por haber estado aquí.
Gracias por haber guardado tantas cosas.
Gracias por haber formado parte de una etapa.

Ahora podéis marcharos.

Hay una niña que os espera.

Y yo me quedo con lo verdaderamente importante: los recuerdos que no ocupan espacio, las emociones que no necesitan cajones y todo aquello que ninguna mudanza podrá llevarse jamás.

Quizá eso sea, para mí, el verdadero Feng Shui:

no vivir acumulando lo que fui, sino dejar espacio para seguir siendo.

Porque desprenderse no es vaciar la casa.

Es hacerle sitio a la vida.

Y a veces, cuando finalmente dejamos marchar aquello que ya cumplió su misión, descubrimos algo maravilloso:

la casa respira un poco mejor… y nosotros también.

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