
Ayer en la comida familiar alrededor de la mesa de mi hermana, que nos junta todos los domingos, a nuestra ya corta familia, porque van faltando insprencindibles, como mi hermano Pablo y mi madre. Ella, mi hermana, intenta suplir eso cada domingo y juntarnos a mi padre y a mí en su mesa, en su casa llena de hogar familiar. Con sus hijos. Y con mi hermano Carlos, cuando viene de Sevilla. Le da un sentido a los domingos. Le da un significado a la palabra familia.
Mi hermana, me hizo un regalo atrasado por mi santo, que fue el 18 de agosto. Una fotografía de pequeña, con un marco rojo precioso 💖 Y me emocioné hasta las lágrimas.

Hay fotografías que no necesitan palabras, porque cuando las miras parece que algo dentro de ti reconoce a aquella niña que un día fuiste.
Yo miro esta fotografía y vuelvo a encontrarme con ella.
Una niña pequeña, con el pelo recogido en dos coletas, una sonrisa enorme y las manos aferradas al volante de su pequeño coche de pedales. Una niña que todavía no sabía nada de las piedras que la vida pondría algún día en su camino. Una niña que simplemente era feliz.
Y quizá por eso esta fotografía significa tanto para mí.
Porque yo tardé en andar. Empecé a caminar a los veintidós meses. Y mi discapacidad formaba parte de mi vida desde entonces, aunque yo todavía no supiera ponerle nombre ni entender todo lo que significaría después.
Pero de niña no pensaba en etiquetas.
Pensaba en jugar.
Pensaba en correr, aunque mis piernas necesitaran más tiempo. En saltar sobre los colchones gordos de la abuela María. En aquellas casas familiares de Villaconsejo, en Jaén, y en la Colonia del Carmen, en Úbeda, que para mí eran mucho más que lugares: eran territorios de infancia, refugios llenos de voces, risas y abrazos.
Allí estaban mis padres, mis hermanos, mis primos, mis tíos, mis abuelos…
Una familia grande alrededor de una niña que todavía no sabía que, para muchas cosas, tendría que esforzarse un poco más que los demás.
Y qué poco importaba entonces.
Porque la vida estaba llena de aventuras.
Estaban las tertulias de la abuela Nina, aquellas conversaciones de mayores que yo escuchaba sin entender del todo, pero que formaban parte de la banda sonora de mi infancia.
Estaba el patio de la Colonia del Carmen, las sillas de la playa, las noches interminables jugando a las tinieblas de la noche, a policías y ladrones, inventando mundos donde todos teníamos una misión y nadie se preguntaba quién podía correr más deprisa.
Yo simplemente estaba allí.
Jugando. Viviendo. Siendo una niña.
También estaban los viajes.
Lantilla. Tíscar. Y tantos rincones de España.
Los veranos tenían olor a carretera, a vacaciones y a familia. Las Navidades eran encuentros, mesas llenas, voces cruzándose y esa sensación maravillosa de saber que pertenecías a un lugar y a unas personas.
Y luego estaba la piscina.
La urbanización de Rubén Darío, en Sevilla, guarda también un pedacito de aquella niña.
Allí aprendí a nadar.
Recuerdo al monitor que nos tiraba al agua y nosotros volvíamos a salir, entre el susto, las risas y las ganas de demostrar que podíamos hacerlo.
Y estaban todos los chicos juntos.
Y estaba mi hermano mayor, Carlos.
Él me sostenía por las piernas dentro de la piscina y yo me colocaba de pie sobre sus hombros.
Y entonces…
me tiraba de cabeza al agua.
Hoy pienso en aquella escena y sonrío.
Porque quizá no éramos conscientes de lo que significaba.
Pero allí había algo precioso: un hermano que no veía mi discapacidad como un límite que tuviera que separarme de los demás. Me ayudaba a encontrar la manera de hacer aquello que todos hacían.
No me apartaba del juego.
Me metía dentro de él.
Y eso también es amor.
A veces, cuando miro atrás, pienso que aquella niña tuvo mucha suerte.
No porque su vida fuera perfecta.
Sino porque estuvo rodeada de personas que hicieron que las dificultades no fueran lo primero que recordara de su infancia.
Lo primero que recuerdo es la felicidad.
Recuerdo las risas.
Los juegos.
Las casas llenas.
Las vacaciones.
Los primos.
Los abuelos.
Las noches de verano.
Las piscinas.
Los viajes.
Los colchones de la abuela María.
Las conversaciones de la abuela Nina.
Las carreras imaginarias.
Las manos de mi hermano Carlos sosteniéndome para que pudiera lanzarme al agua.
Y recuerdo una niña que, aunque tardó veintidós meses en ponerse a caminar, aprendió muy pronto a levantarse.
Quizá aquella niña no sabía que algún día tendría que volver a aprender muchas veces a levantarse.
No sabía que habría etapas en las que caminar sería difícil.
No sabía que su cuerpo le pondría límites que su corazón no aceptaría fácilmente.
No sabía nada de todo eso.
Solo sabía que quería jugar.
Y quizá ahí estaba ya, sin saberlo, la semilla de la mujer que soy hoy.
Porque sigo siendo aquella niña.
La que busca un camino cuando parece que no lo hay.
La que se cae y vuelve a intentarlo.
La que aprende a hacer las cosas de otra manera.
La que sigue encontrando motivos para reír.
La que sigue necesitando, algunas veces, unas manos amigas que la sostengan.
Y la que, después de tantos años, sigue mirando hacia atrás con ternura para decirle a aquella pequeña:
«Gracias por enseñarme que una vida feliz no es una vida sin obstáculos. Es una vida en la que, a pesar de ellos, encuentras personas con las que merece la pena seguir avanzando».
Aquella niña tardó en caminar.
Pero nunca llegó tarde a la felicidad.
Y quizá esa sea una de las cosas más bonitas que puedo contar hoy sobre ella.
Porque aquella niña no sabía hasta dónde llegaría.
Pero ya estaba aprendiendo a volar.