
Una reflexión sobre la humanidad, la destrucción, los animales y la esperanza de que la vida pueda comenzar de nuevo.
Por María Elena López de la Cuadra
Hay días en los que miro el mundo y me pregunto si no estaremos llegando al final de una historia que nosotros mismos hemos escrito con demasiada crueldad, egoísmo y estupidez.
Miro las noticias y me duele la humanidad. Las guerras, los niños que mueren bajo las bombas, los animales maltratados, los bosques que desaparecen, los mares convertidos en vertederos y esa ambición desmedida que parece no tener límites.
Y entonces, en medio de tanta desolación, me asalta un pensamiento: ¿y si Dios decidiera resetear el mundo?
Como quien apaga una máquina que ya no funciona, deja que todo vuelva al silencio y permite que la vida comience de nuevo. Sin nosotros. Sin nuestras guerras, nuestras fronteras, nuestras ansias de poder y esa capacidad asombrosa que tenemos para destruir aquello que nos sostiene.
Quizá la Tierra pudiera respirar tranquila.
Una humanidad que se cree dueña del mundo
Hemos llegado a creernos los dueños de todo. Dueños de la tierra, del agua, de los animales, de los bosques y hasta de la vida de nuestros semejantes.
Nos llamamos civilizados porque construimos ciudades, inventamos máquinas, viajamos al espacio y desarrollamos tecnologías extraordinarias. Sin embargo, seguimos resolviendo nuestros conflictos con violencia, hambre y muerte.
¿De qué nos sirve conquistar otros planetas si todavía no sabemos convivir en el nuestro?
¿De qué nos sirve presumir de inteligencia si somos capaces de destruir nuestro propio hogar?
A veces pienso que nuestra inteligencia, sin conciencia, se convierte en una herramienta peligrosa. Sabemos fabricar instrumentos para llegar a las estrellas, pero no siempre sabemos tender la mano a quien tenemos al lado.
Hemos aprendido a dominar la naturaleza, pero no a respetarla.
Y quizá ahí esté nuestro mayor fracaso: haber confundido el progreso con el derecho a disponer de todo.
Cuando los dinosaurios desaparecieron, la vida continuó
Hace millones de años, la Tierra conoció una de sus grandes extinciones. Los dinosaurios no avianos desaparecieron y, sin embargo, la vida encontró otros caminos.
El planeta siguió girando. Los océanos continuaron respirando a su manera. Los microorganismos sobrevivieron. La naturaleza, sin pedir permiso, siguió escribiendo su historia.
Y me pregunto qué ocurriría si algún día la humanidad desapareciera.
Quizá, con el paso de miles o millones de años, nuestros edificios quedarían cubiertos por la vegetación, las ciudades se convertirían en ruinas y los animales recuperarían espacios que hoy les arrebatamos.
Los mares seguirían albergando una inmensa diversidad de organismos, muchos de ellos diminutos, invisibles a nuestros ojos. La vida, esa fuerza misteriosa que apareció en la Tierra hace miles de millones de años, podría continuar sin nuestra presencia.
No seríamos el final de la vida. Seríamos, sencillamente, una especie más que habría pasado por este maravilloso planeta.
Y puede que esa idea nos resulte insoportable porque estamos acostumbrados a pensar que todo gira alrededor de nosotros.
Pero la Tierra existía antes de que llegáramos y, posiblemente, seguirá existiendo después.
¿Y si Dios tuviera otros planes?
Desde mi fe, a veces me pregunto qué pensará Dios al contemplar su creación.
Si creemos que la vida es un regalo, ¿qué sentido tiene que la convirtamos en un escenario de sufrimiento?
No pretendo conocer los designios de Dios. Nadie puede afirmar que sabe cuándo terminará el mundo ni de qué manera. Pero me gusta imaginar que, si existe una renovación de la creación, será una renovación del amor, de la justicia y de la paz.
Quizá el verdadero reinicio que necesitamos no sea una catástrofe que lo borre todo, sino una transformación profunda de nuestra conciencia.
Un mundo en el que dejemos de medir nuestra grandeza por lo que acumulamos y empecemos a medirla por lo que cuidamos.
Un mundo donde ningún animal tenga que sufrir por la crueldad humana, donde ningún niño muera de hambre y donde la vida de una persona no valga menos por haber nacido en un lugar determinado.
Un mundo donde la palabra hermano no sea una expresión vacía.
Porque, si Dios nos regaló la capacidad de amar, ¿por qué seguimos utilizando tantas veces nuestra inteligencia para destruir?
Los animales, esos habitantes que no necesitan conquistar el mundo
Hay algo que me conmueve profundamente: los animales.
Ellos no necesitan levantar banderas para defender su dignidad. No organizan guerras para conquistar territorios lejanos ni fabrican armas para demostrar que son superiores.
Necesitan alimento, refugio, seguridad y, muchas veces, afecto.
Pienso en los animales que mueren abandonados, en los que sufren en silencio y en aquellos que jamás conocerán una caricia.
Pienso en mi Víctor, en su manera de buscarme, de meterse entre la ropa de los armarios, de abrir cajones y de convertir cualquier rincón de la casa en una aventura.
Y me pregunto cuántas veces olvidamos que los animales también sienten miedo, dolor, alegría y apego.
Tal vez, si algún día la humanidad desapareciera, muchos animales podrían recuperar la libertad que les hemos arrebatado. No todos sobrevivirían a nuestras acciones ni a los cambios del planeta, pero otros encontrarían nuevas oportunidades.
No porque sean perfectos, sino porque la vida no necesita ser perfecta para merecer existir.
Y me parece profundamente injusto que tantas criaturas tengan que pagar las consecuencias de nuestra soberbia.
Pero ¿es toda la humanidad maldad y estupidez?
No. Y esta es la parte que más me cuesta aceptar cuando me invade el pesimismo.
Porque también somos la persona que rescata a un gato de debajo de un coche. Somos quien cuida a su padre anciano, quien acompaña a un enfermo, quien alimenta a un desconocido y quien se queda junto a alguien que llora.
Somos quienes plantan árboles que quizá nunca verán crecer. Quienes dedican su vida a proteger los océanos, a curar animales heridos o a defender a los más vulnerables.
Somos capaces de hacer cosas extraordinarias por amor.
Y entonces comprendo que la humanidad no es una sola cosa. En nosotros conviven la oscuridad y la luz, la crueldad y la ternura, el egoísmo y la generosidad.
Quizá el problema sea que el ruido de la maldad llega demasiado lejos, mientras que el bien muchas veces se realiza en silencio.
Una madre que cuida a su hijo, una persona que acompaña a otra en su soledad, alguien que dedica unos minutos a ayudar a un animal abandonado. Ninguno de esos actos aparecerá necesariamente en los titulares, pero todos sostienen un pequeño pedazo del mundo.
Y quizá ahí esté nuestra última oportunidad.
No quiero un mundo perfecto, quiero un mundo más humano
A veces estoy cansada de tanta contradicción. Cansada de ver cómo destruimos aquello que decimos amar. Cansada de que el poder y el dinero parezcan importar más que la vida.
Y me gustaría que alguien pulsara ese botón imaginario y nos obligara a empezar de nuevo.
Pero, cuando lo pienso despacio, me doy cuenta de que no deseo la desaparición de la humanidad. Deseo que desaparezca su crueldad.
Que se extinga la indiferencia.
Que se acabe la necesidad de imponer nuestra voluntad sobre los demás.
Que aprendamos a vivir sin destruir.
Porque no quiero que desaparezcan las manos que acarician, las voces que consuelan, las personas que cuidan y los corazones que todavía se emocionan ante la belleza de una flor.
Quiero que desaparezca todo aquello que nos hace olvidar que estamos vivos y que compartimos este planeta con millones de seres que también tienen derecho a existir.
Tal vez Dios no necesite resetear el mundo.
Tal vez nos esté ofreciendo, cada mañana, una pequeña oportunidad para hacerlo nosotros.
Con cada decisión, con cada gesto de ternura, con cada acto de justicia y con cada vida que protegemos.
Y mientras haya alguien dispuesto a cuidar de otro ser vivo, todavía habrá algo que salvar.
Una última pregunta al viento
Si algún día la Tierra tuviera que escribir su historia sin nosotros, me gustaría que pudiera hacerlo sin rencor.
Que los mares siguieran cantando, que los árboles volvieran a ocupar las ciudades y que los animales caminaran sin miedo.
Que la vida continuara, aunque ya no hubiera nadie para ponerle nombre a las estrellas.
Y que, de alguna manera que no alcanzo a comprender, todo el amor que alguna vez existió no hubiera sido inútil.
Porque quizá la verdadera grandeza de una especie no consista en cuánto tiempo consigue sobrevivir, sino en cuánto amor deja en el mundo mientras está aquí.
Y si Dios nos concediera un nuevo comienzo, ojalá no tuviéramos que desaparecer para aprender a vivir.
Ojalá aprendiéramos a tiempo.
Ojalá se cumpliera tu deseó y el de muchas personas y el amor por el igual se hiciera cada vez más grande
Muchas gracias 😘