La mujer que vi en el vídeo no era la que yo sentía ser

Cuando una imagen nos enfrenta a nuestras limitaciones, a nuestro cuerpo y a la distancia entre lo que soñamos y lo que podemos hacer.

Hay días en los que una imagen puede doler más que mil palabras.

Antes de ayer fue un día agotador. De esos en los que la vida parece pedirnos demasiado y terminamos rendidas, con el cuerpo cansado y la mente llena de pensamientos.

Ayer, sin embargo, amaneció más tranquilo. Fui a la compra, pasé por la farmacia, preparé arroz blanco y un plátano frito. Descansé un rato y, por la tarde, vino Virginia. Bailamos sevillanas.

Después fuimos con su sobrino al triduo de San Miguel.

Un día sencillo, de esos que se construyen con pequeñas cosas, con amistad, con música y con fe. Un día que, en principio, tenía todos los ingredientes para dejarme una sensación agradable.

Hasta que vi el vídeo que habíamos grabado bailando.

Y entonces algo dentro de mí se rompió un poquito.

El espejo que no esperaba

Me vi cojeando mucho más de lo que yo siento cuando camino. Me vi con los brazos que no subían lo suficiente, con unos movimientos torpes, limitados, diferentes de los que imaginaba mientras bailaba.

Me vi distinta.

Y no me reconocí.

No era que desconociera mis limitaciones. Convivo con ellas desde que nací. Sé que mi hemiparesia derecha condiciona mis movimientos, que mis pies no siempre me permiten caminar con la seguridad que quisiera y que mi mano derecha tiene dificultades que también afectan a otras actividades.

Lo sé. Lo vivo. Lo siento cada día.

Pero una cosa es saberlo y otra muy distinta es verlo.

Cuando camino, yo siento mis pasos desde dentro. Cuando bailo, siento la música, las ganas, el ritmo que intento seguir. Mi mente va por delante, imaginando los movimientos que quisiera hacer, mientras mi cuerpo responde a su manera.

Y de pronto aparece una cámara.

Y me devuelve una imagen que no coincide con la que yo llevaba dentro.

Es como si alguien hubiera abierto una ventana y me hubiera obligado a contemplar una realidad que conocía, pero que no estaba preparada para mirar de frente.

La mujer que yo sentía bailando no era exactamente la mujer que aparecía en la pantalla.

Y me dolió.

Me dolió la cojera. Me dolieron los brazos que no se elevaban. Me dolió mi cuerpo, su volumen, su forma. Me dolió la distancia entre lo que deseaba hacer y lo que realmente podía hacer.

Me dolió todo.

El cuerpo que tengo y el cuerpo que imagino

Hay una mujer dentro de mí que todavía sueña con bailar con soltura.

Una mujer que quiere levantar los brazos, girar, caminar con elegancia, sentirse ligera y bonita. Una mujer que escucha unas sevillanas y desea dejarse llevar por la música, sin pensar en el equilibrio, en los pies, en las dificultades de movimiento.

Esa mujer existe.

Pero también existe el cuerpo que habito. El cuerpo que ha pasado por lesiones, fracturas, dolores y limitaciones. El cuerpo que ha cambiado con los años, con el peso, con las circunstancias de la vida.

Y a veces siento que ambos no terminan de encontrarse.

Mi cabeza tiene una imagen de mí misma que no siempre se corresponde con lo que veo reflejado en un espejo o en una grabación.

Quizá ahí esté una de las tristezas más difíciles de explicar: no es solamente no gustarme físicamente. Es sentir que la imagen que tengo de mí misma se ha quedado en algún lugar del camino, mientras mi cuerpo ha seguido avanzando por otro.

Y entonces me pregunto:

¿En qué momento dejé de reconocerme?

¿Cuándo empezó a resultarme tan difícil mirar mi propia imagen sin detenerme en todo aquello que no puedo hacer?

No tengo respuestas sencillas.

Sé que me gustaría adelgazar. Sé que quiero moverme mejor. Sé que hay muchas cosas que todavía deseo aprender y disfrutar.

Pero también sé que no puedo vivir permanentemente esperando a ser otra mujer para permitirme ser feliz.

No quiero aplazar la vida hasta que consiga el peso que deseo, hasta que camine mejor o hasta que mis brazos puedan elevarse como los de otras bailarinas.

Porque la vida está ocurriendo ahora.

Y yo estoy aquí.

Atreverse también tiene sus heridas

Me apunté a sevillanas porque quería bailar.

Porque me gustan la música, el ambiente, la Feria de San Miguel, los trajes de flamenca y esa alegría que parece brotar cuando suenan las primeras notas.

Me apunté sabiendo que me costaría. Sabía que mi movilidad no era la de otras personas. Sabía que mi mano derecha y mis pies me pondrían dificultades.

Pero quería intentarlo.

Y lo he intentado.

He ido a clase, he compartido risas, he bailado con Virginia y me he atrevido a grabarme.

Sin embargo, ahora comprendo que atreverse también puede tener un precio emocional.

A veces una se lanza a hacer algo con toda la ilusión del mundo y, al verse desde fuera, descubre una realidad que le cuesta aceptar.

Y aparece la tristeza.

Aparece la comparación.

Aparece esa voz interior que señala lo que falta, lo que no sale, lo que debería ser diferente.

Pero ¿qué hacemos entonces?

¿Dejamos de intentarlo para no volver a sentir esa punzada?

¿Renunciamos a las cosas que nos gustan porque no podemos hacerlas como imaginábamos?

¿O aprendemos, poco a poco, a convivir con la distancia entre nuestros deseos y nuestras posibilidades?

Quizá no exista una respuesta válida para todos los días.

Habrá momentos en los que pueda reírme de mis pasos torpes y disfrutar sin pensar demasiado. Otros días necesitaré parar, descansar y reconocer que algo me ha dolido.

Y ambas cosas estarán bien.

No tengo que convertir cada dificultad en una lección de superación. No tengo que encontrar siempre el lado positivo. A veces, sencillamente, hay que permitirse estar triste.

Aprender a mirarme con otros ojos

Me gustaría aprender a mirarme sin tanta dureza.

No quiero mentirme. No quiero fingir que mis limitaciones no existen ni decir que me gusta todo lo que veo cuando no es así.

Quiero poder reconocer que hay cosas que me gustaría cambiar sin despreciar por ello el cuerpo que tengo.

Quiero seguir cuidándome, haciendo ejercicio dentro de mis posibilidades, yendo a la piscina, practicando Pilates y buscando maneras de mejorar mi movilidad.

Pero también quiero aprender a descansar sin sentir que estoy perdiendo el tiempo.

Quiero bailar sin que cada paso se convierta en un examen.

Quiero ponerme mi traje de flamenca y salir a la Feria de San Miguel sin que una imagen grabada determine cómo me siento conmigo misma.

Y quiero recordar que mi cuerpo no es únicamente una suma de limitaciones, kilos, dificultades y movimientos imperfectos.

Es también el cuerpo que me permite abrazar a las personas que quiero, caminar por las calles de Úbeda, acudir a mis encuentros, bailar con una amiga, escribir mis poemas y acercarme a Dios en la iglesia.

Es el cuerpo que me ha acompañado durante casi sesenta años.

Y, aunque a veces me cueste mirarlo, merece mi cuidado y mi respeto.

No tengo que amarlo todos los días de la misma manera. Quizá, por ahora, sea suficiente con dejar de tratarlo como si fuera mi enemigo.

La mujer del vídeo también soy yo

He vuelto a pensar en aquella grabación.

En esa mujer que camina con dificultad, que intenta levantar los brazos, que sigue el compás como puede.

Y me pregunto qué le diría si no fuera yo.

Si la viera desde fuera, si no conociera su historia, sus dolores, sus sueños, sus esfuerzos.

Quizá no vería todo lo que yo he visto.

Quizá vería a una mujer que está aprendiendo algo nuevo, que comparte una tarde con una amiga, que se atreve a bailar a pesar de las dificultades.

Una mujer que no lo hace perfecto, pero que está allí.

Y me gustaría aprender a mirarla así.

No para negar lo que me duele, sino para que el dolor no sea lo único que pueda ver.

Porque la mujer del vídeo también soy yo.

Soy yo con mis limitaciones y mis ganas. Con mis kilos de más y mis deseos de adelgazar. Con mis pasos inseguros y mis ganas de seguir caminando. Con mis brazos que no suben lo suficiente y mis manos que todavía quieren crear, escribir y aprender a tocar la guitarra.

Soy yo, entera.

No solamente la parte que no me gusta.

Y quizá el verdadero aprendizaje no consista en conseguir que mi cuerpo se parezca a la imagen que tengo en la cabeza.

Quizá consista en reconciliarme, poco a poco, con la mujer que soy hoy.

Sin dejar de soñar.

Sin renunciar a mejorar.

Pero sin olvidar que también merezco disfrutar de la vida mientras aprendo.

Porque no quiero pasarme la vida esperando a reconocerme en una imagen perfecta.

Quiero reconocerme en mis ganas de vivir.

En mis tardes con Virginia.

En las sevillanas que todavía me quedan por bailar.

En la música que me hace sonreír.

En esa mujer que, a pesar de las lágrimas y de las dudas, sigue buscando la manera de sentirse viva.

Y cuando vuelva a verme en un vídeo, ojalá consiga mirar un poquito más allá de mis limitaciones.

Ojalá pueda decirme:

«Sí, soy yo. No soy exactamente la mujer que imaginaba. Mi cuerpo tiene sus dificultades y hay cosas que me duelen. Pero sigo aquí. Sigo teniendo sueños, sigo teniendo ganas y todavía me quedan muchas cosas bonitas por vivir».

Y, por hoy, eso tendrá que ser suficiente.

Porque la vida no espera a que aprendamos a querernos perfectamente.

La vida sucede mientras aprendemos.

Y yo quiero seguir viviéndola.

Elena López

Autora de «Flor que nace en grieta» y «En lo más profundo de mi ser».

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