
Había una vez, en un reino escondido detrás de siete montañas azules y un bosque donde los árboles soñaban despiertos, una princesa que había olvidado que era princesa.
Vivía en una pequeña casa junto al río, acompañada por un gato de ojos dorados, una cierva blanca, un zorro de cola plateada y un viejo búho que cada noche se sentaba en la rama más alta del jardín.
La princesa había pasado muchos días sintiendo que el mundo se había vuelto demasiado grande.
Había cuentas que no sabía cómo resolver, caminos que se habían cerrado y personas a las que quería que parecían estar muy lejos de comprenderla.
Y una noche, mientras miraba la luna desde su ventana, escuchó un ruido terrible.
¡BOOOOOM!
El suelo tembló.
Los pájaros dejaron de cantar.
El río se quedó quieto.
Y desde el otro lado de las montañas apareció el Ogro de los Tres Ojos.
Tenía un ojo en la frente, otro en la mejilla y otro en el centro del pecho.
Con el primer ojo veía todas las desgracias.
Con el segundo veía todos los errores.
Y con el tercero —el más peligroso— hacía creer a quien lo miraba que nada podía cambiar.
—¡No podrás conmigo! —rugió el ogro.
La princesa sintió que las piernas le temblaban.
—Quizá no —respondió—. Pero tampoco voy a dejar que tú decidas mi camino.
Entonces apareció la Bruja del Ojo Único.
Vivía dentro de una torre torcida y llevaba un enorme bastón de ramas negras.
Solo tenía un ojo.
Pero aquel ojo podía convertirse en cualquier cosa.
A veces veía únicamente lo que faltaba.
Otras veces veía únicamente lo que dolía.
Y cuando quería hacer daño, miraba a alguien y le susurraba:
—No puedes. No podrás. Ya es demasiado tarde.
La princesa comenzó a creerla.
Entonces el gato de ojos dorados se acercó y le rozó las piernas.
—No escuches a quien solo mira una parte de la verdad.
La princesa lo miró.
—¿Y cuál es la otra parte?
El gato levantó la cabeza.
—Que sigues aquí.
La cierva blanca dio un paso hacia ella.
—Y sigues caminando.
El zorro de cola plateada añadió:
—Y todavía eres capaz de querer.
El búho abrió sus grandes alas.
—Y mientras exista una pequeña luz, ninguna noche tiene derecho a llamarse eterna.
La princesa respiró profundamente.
Cogió una pequeña espada que llevaba escondida desde niña.
No era una espada de hierro.
Era una espada hecha de palabras.
En ella estaban escritas:
FE.
ESPERANZA.
VALENTÍA.
AMOR.
Y salió al encuentro del ogro.
El primer ojo del monstruo le mostró todas las dificultades.
La princesa casi retrocedió.
Pero miró la espada.
—Las dificultades existen —dijo—. Pero no son todo lo que existe.
Entonces el primer ojo comenzó a hacerse pequeño.
El segundo ojo le mostró todos sus errores.
La princesa sintió vergüenza.
Pero el zorro se puso a su lado.
—Los errores son huellas —dijo—. No cadenas.
El segundo ojo comenzó a cerrarse.
Entonces el tercer ojo, el que tenía en el pecho, se abrió de par en par.
Y de él salió una oscuridad tan profunda que hizo desaparecer las estrellas.
La princesa cayó de rodillas.
—No puedo más…
Durante unos instantes, nadie dijo nada.
Entonces escuchó un sonido.
Era el río.
Había vuelto a correr.
Después escuchó otro.
El corazón de la cierva.
Luego el ronroneo del gato.
El aleteo del búho.
Y finalmente el suave respirar del zorro.
La princesa comprendió algo.
No estaba sola.
Se levantó.
No porque hubiera dejado de tener miedo.
Se levantó precisamente porque tenía miedo y, aun así, quería seguir.
Alzó la espada.
—No necesito vencerte para continuar mi camino —dijo al ogro—. Solo necesito que no seas tú quien lo elija.
Y clavó la espada en el suelo.
La palabra FE comenzó a brillar.
Una pequeña luz salió de la tierra.
Después otra.
Y otra.
Miles de diminutas luces comenzaron a aparecer entre las raíces de los árboles.
Eran luciérnagas.
Pero no eran luciérnagas normales.
Cada una llevaba dentro un recuerdo.
Una risa.
Un abrazo.
Una canción.
Un libro leído.
Una tarde junto al mar.
Una amistad.
Una fiesta.
Una danza.
Una palabra bonita.
Un animal querido.
Una mañana en la que, sin saber por qué, había conseguido levantarse y seguir.
Todas esas pequeñas cosas comenzaron a rodear al ogro.
Y cuanto más brillaban, más pequeño se hacía.
El ojo de la frente desapareció.
El de la mejilla se convirtió en una pequeña estrella.
Y el ojo del pecho se transformó en una ventana.
Detrás de ella había un niño pequeño que lloraba.
La princesa se acercó.
—¿Quién eres?
—Soy todo aquello que temes —respondió el niño.
La princesa se arrodilló.
—Entonces quizá no necesite destruirte.
El niño dejó de llorar.
Y el ogro desapareció.
Solo quedó una enorme piedra gris.
La princesa continuó caminando hasta la torre de la Bruja.
La encontró sentada junto a una ventana.
Su único ojo la observaba.
—Has vencido al ogro —dijo la bruja—, pero conmigo no podrás.
La princesa no desenvainó la espada.
—¿Por qué?
—Porque yo solo tengo un ojo.
La princesa comprendió entonces.
La bruja no podía ver el bosque entero.
Solo veía una parte.
Solo veía el dolor.
Solo veía la pérdida.
Solo veía aquello que no había salido bien.
La princesa se acercó y tomó su mano.
—Te falta aprender a mirar con el corazón.
La bruja comenzó a llorar.
Y cuando una lágrima cayó al suelo, nació una flor.
Después otra.
Y otra.
Hasta que la torre entera quedó cubierta de flores.
La bruja abrió los brazos.
Su único ojo se convirtió en dos.
Después en tres.
Después en cientos.
Y finalmente desapareció.
Porque ya no necesitaba ser bruja.
La princesa regresó a su casa cuando comenzaba a amanecer.
El gato dormía sobre la almohada.
La cierva descansaba junto al río.
El zorro vigilaba el camino.
Y el búho permanecía despierto.
—¿He ganado? —preguntó la princesa.
El búho sonrió.
—Has hecho algo más importante.
—¿Qué?
—Has seguido caminando.
La princesa miró hacia el horizonte.
El cielo estaba lleno de colores.
Y comprendió que quizá la vida nunca prometía que no habría ogros.
Ni brujas.
Ni noches largas.
Ni caminos difíciles.
Pero también comprendió que siempre habría un río.
Un animal que se acercara.
Una mano que sostener.
Una canción.
Una estrella.
Una pequeña luz.
Y mientras existiera una de ellas, siempre habría un motivo para dar un paso más.
Desde aquel día, cuando alguna sombra volvía a acercarse, la princesa colocaba una mano sobre su corazón y decía:
«Hoy no necesito saber cómo terminará la historia.
Solo necesito seguir escribiéndola.»
Y así lo hizo.
Día tras día.
Noche tras noche.
Hasta que descubrió que la princesa que buscaba salvar…
siempre había sido ella misma.
Y el reino, que durante tanto tiempo había parecido oscuro, comenzó lentamente a llenarse de luz.