El jardín de los amantes de seda.

(Una de las escenas de mi novela: Tinta y Ecos del Ayer… Como un sueño de Clara)

Un sueño de Clara, entre palacios orientales, máscaras y susurros.

Clara no supo nunca si aquella noche había dormido o si alguien había abierto una puerta secreta en su imaginación.

Se encontró caminando por un palacio inmenso, mitad chino, mitad europeo, donde los pasillos se prolongaban como versos y la luz del amanecer atravesaba los ventanales, derramándose sobre los suelos de mármol. Tras las celosías, los jardines flotaban entre la niebla, y las ramas de los cerezos rozaban las paredes como dedos que quisieran entrar.

Había camas con dosel, cubiertas de gasas blancas y sedas color marfil. En los rincones descansaban arcones de madera lacada, adornados con dragones dorados, de cuyas entrañas asomaban vestidos antiguos, capas de terciopelo, túnicas bordadas, abanicos, guantes de encaje y antifaces de plumas.

En aquel palacio, nadie preguntaba de dónde venía Clara ni cuánto tiempo pensaba quedarse.

Las puertas se abrían para ella.

El primero en recibirla fue Adrián de Valcourt, un caballero francés de ojos claros, coleccionista de pinturas y apasionado por la escultura. Vestía una casaca azul noche y llevaba un antifaz plateado en la mano.

—Bienvenida a la casa de los encuentros —dijo, inclinándose con una cortesía exquisita—. Aquí nadie pertenece a nadie. Solo nos prestamos nuestros sueños.

Le ofreció un abanico de nácar y la condujo hasta una habitación donde un cuarteto de cuerda tocaba una melodía que Clara creyó reconocer de otra vida.

Adrián le mostró sus pinturas. Había retratos de mujeres sin nombre, paisajes imposibles y cuerpos dibujados con la delicadeza de quien estudia la belleza como un misterio. En sus cuadernos, la anatomía humana se convertía en arquitectura: la curva de un hombro, la elegancia de una mano, la armonía de una espalda.

Clara se probó un vestido de seda color champán y un antifaz bordado con pequeñas estrellas.

Bailaron.

No hubo promesas ni preguntas. Solo música, una risa compartida y la sensación de que el tiempo había dejado de obedecer a sus propias leyes.

Cuando la melodía terminó, Adrián la acompañó hasta un pasillo iluminado por el sol.

Al fondo la esperaba otro hombre.

Li Wei, un aristócrata chino de porte sereno, calígrafo y estudioso de la poesía antigua, vestía una túnica de seda verde jade. Tenía las manos largas, la mirada tranquila y una sonrisa que parecía guardar un secreto.

—Ahora me toca a mí —dijo, como si ambos participaran en un juego cuyas reglas nadie necesitaba explicar.

Le entregó una ficha de marfil con un cerezo grabado.

Li Wei la llevó a un pabellón abierto al jardín. Sobre una mesa baja había té, pinceles, tinta y hojas de papel de arroz. Le enseñó a escribir su nombre con caracteres chinos, guiando el movimiento de su mano con una delicadeza casi ceremonial.

Después le mostró un arcón lleno de disfraces.

Clara escogió una túnica roja, bordada con flores de loto, y una máscara de seda negra. Li Wei se transformó en un emperador de una dinastía desaparecida, con una corona dorada y mangas tan amplias que parecían alas.

Se persiguieron por las galerías, se escondieron tras las cortinas, intercambiaron sus máscaras y fingieron no reconocerse.

Cuando por fin se encontraron en una habitación con dosel, se miraron como dos desconocidos que acabaran de enamorarse en mitad de una representación teatral.

Li Wei le ofreció una reverencia.

—La siguiente escena pertenece a otro.

Y abrió una puerta.

Del otro lado apareció Sebastian von Alten, un noble austríaco, pianista y mecenas de artistas, alto, de cabello oscuro y modales impecables. Llevaba un chaleco de terciopelo granate y un antifaz negro adornado con una diminuta pluma blanca.

—He reservado para usted la galería de los espejos —anunció—. Aunque debo advertirle que allí nadie conserva el mismo rostro durante mucho tiempo.

La galería parecía interminable. Había espejos venecianos, lámparas de cristal y cortinas translúcidas que se mecían sin que soplara el viento.

Sebastian tocó el piano mientras Clara cambiaba de disfraz.

Primero fue una dama del siglo XVIII, después una princesa persa, más tarde una bailarina de un teatro de Shanghái. Cada vestido modificaba algo en ella. No su rostro, sino su manera de caminar, de reír, de mirar a los hombres que aguardaban al otro lado de las puertas.

Sebastian la observaba con admiración, como si cada transformación fuese una obra de arte.

Cuando terminó la última pieza, le besó la mano.

—Usted no cambia, Clara. Solo descubre habitaciones de sí misma que todavía no conocía.

Ella quiso preguntarle qué ocurriría al día siguiente, pero en aquel instante las paredes comenzaron a desplazarse.

Los espejos se volvieron ventanas.

Las ventanas, puertas.

Y las puertas se abrieron todas a la vez.

En el umbral apareció Zhou Ming, un príncipe sin reino, coleccionista de porcelana y apasionado por la astronomía. Tenía ojos negros, una sonrisa melancólica y vestía una túnica blanca con bordados de nubes plateadas.

Llevaba consigo una pequeña llave de oro.

—Esta noche —le dijo—, le corresponde conocer el jardín que no figura en ningún mapa.

La condujo por una escalera que descendía entre paredes cubiertas de glicinas. Al final encontraron una estancia circular, con una cama de dosel rodeada de telas vaporosas, cojines de seda y lámparas que parecían lunas suspendidas.

Pero lo más extraordinario era el techo: un cielo nocturno donde las estrellas se movían lentamente, como peces luminosos bajo el agua.

Zhou Ming le enseñó las constelaciones. Después hablaron de viajes, de libros, de los artistas que habían amado sin llegar a conocer y de las ciudades que uno inventa cuando las verdaderas no bastan.

Clara descubrió que también podía jugar a no ser encontrada.

Se ocultó detrás de un biombo pintado con garzas. Zhou Ming la buscó sin prisa, fingiendo equivocarse de habitación una y otra vez. Cuando finalmente la encontró, ella llevaba un antifaz dorado y sostenía un abanico cerrado contra el pecho.

—¿Quién es usted? —preguntó él.

—Esta noche, ni yo misma lo sé.

Zhou Ming sonrió.

—Entonces estamos en el lugar adecuado.

Se sentaron junto a la ventana mientras la luna se reflejaba en un estanque de lotos. Clara sintió que todos los hombres anteriores permanecían en algún lugar del palacio, sin celos ni disputas, esperando el momento de volver a compartir el juego.

Porque aquella era la extraña ley de la casa: los amantes llegaban, acompañaban a Clara durante un fragmento del sueño y después la entregaban al siguiente, como si se pasaran una flor de mano en mano, procurando no dañar sus pétalos.

Nadie reclamaba su corazón.

Nadie pretendía encerrarla.

Todos parecían comprender que la magia consistía precisamente en dejarla marchar.

Al amanecer, Clara atravesó de nuevo los pasillos luminosos.

Los criados, vestidos con túnicas de colores suaves, retiraban las tazas de té. Las cortinas se agitaban sobre las camas deshechas. En los arcones, los disfraces volvían a dormir entre plumas, encajes y sedas perfumadas.

Adrián pintaba junto a una ventana.

Li Wei escribía un poema.

Sebastian tocaba una melodía nueva.

Zhou Ming contemplaba las estrellas, que todavía resistían en el cielo del jardín.

Los cuatro levantaron la mirada al verla pasar.

Ninguno la llamó.

Clara sonrió y continuó caminando.

Al llegar a la última puerta encontró un espejo ovalado, enmarcado en madera de sándalo. Se quitó el antifaz y contempló su rostro.

Por un instante creyó ver, detrás de ella, decenas de hombres vestidos de épocas distintas, todos inclinándose en una silenciosa despedida.

Entonces comprendió que el palacio no era una casa, sino un juego de la imaginación; que aquellos amantes eran personajes de una historia que solo existía mientras ella soñaba.

Abrió la puerta.

Una luz blanca la envolvió.

Y despertó.

En su habitación, la mañana comenzaba a dibujar rectángulos dorados sobre la pared. Clara permaneció inmóvil unos segundos, con la impresión de que aún llevaba seda sobre la piel y perfume de jazmín en el cabello.

En la mesilla no había ninguna llave de oro.

Pero, al levantarse, encontró junto a la almohada una pequeña pluma blanca.

No supo de dónde había salido.

La guardó en el cajón de sus secretos.

Porque algunas noches, cuando la realidad se vuelve demasiado estrecha, Clara regresa a aquel palacio donde los hombres cultos y hermosos le ofrecen música, poesía, máscaras y puertas abiertas.

Y donde el amor, antes que una promesa, es una danza.

Una danza delicada en la que nadie pregunta quién será el siguiente.

Solo suena la música.

Y Clara vuelve a jugar.

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