La mujer que quería volar hacia Jesús

Había una vez una mujer que soñaba con volar hacia Jesús.

No quería alas de plumas ni aprender a elevarse sobre los tejados. Le bastaba cerrar los ojos e imaginar que, algún día, el cielo se abriría para recibirla y podría abrazar a su madre y a su hermano Pablo, que la esperaban al otro lado de las nubes.

Pero, mientras llegaba ese día, la mujer había comenzado una extraña batalla contra sí misma.

Le decían que tenía que adelgazar por su salud, por su propio bien. Se lo repetían con palabras que pretendían ayudarla, y ella, que deseaba hacer las cosas correctamente, empezó a privarse de pequeñas cosas. Primero fueron los caprichos; después, las comidas que más le gustaban; más tarde, las horas que pasaba sin llevarse nada a la boca.

Al principio le costaba muchísimo. El hambre llamaba a su puerta y ella intentaba ignorarla. Sin embargo, poco a poco, empezó a confundir el vacío con una victoria. Le parecía que cuanto menos necesitaba, menos espacio ocupaba en el mundo. Y aquella sensación, tan silenciosa como peligrosa, comenzó a envolverla.

Su cuerpo cambiaba. La ropa le quedaba diferente, su figura se transformaba y algunas personas empezaron a felicitarla. Le hablaban de resultados, de voluntad, de lo bien que estaba consiguiéndolo.

Nadie veía las batallas que libraba a solas.

Porque había días en los que el hambre le dolía y otros en los que comer le provocaba una culpa que no sabía explicar. Se reprochaba cada bocado, cada deseo, cada instante en que su cuerpo le recordaba que estaba vivo y necesitaba cuidados.

También había días en los que se miraba al espejo y seguía encontrando a la misma mujer imperfecta de siempre.

Veía su cojera antes que sus pasos. Sus limitaciones antes que todo lo que había conseguido. Las huellas de los años antes que la luz de sus ojos. No sabía contemplarse con ternura.

Y, en sus momentos más oscuros, pensaba que quizá, si consiguiera hacerse lo bastante ligera, podría abandonar la tierra y volar por fin hacia los brazos de Jesús.

Una mañana salió a la calle. Caminaba despacio, con esa ligereza extraña que no era alegría, sino agotamiento. El ruido de los coches llegaba amortiguado. Las fachadas parecían inclinarse. El suelo comenzó a alejarse de sus pies.

Intentó sujetarse a una pared, pero el mundo se volvió oscuro.

Y cayó.

Durante unos instantes, todo quedó en silencio.

Entonces creyó elevarse por encima de su propio cuerpo. Desde aquella altura imposible contempló la calle, los rostros que se acercaban y a una mujer tendida en el suelo.

La observó con curiosidad.

Era ella.

Pero no era como la había visto nunca.

Tenía un rostro hermoso, unos ojos grandes que guardaban una tristeza antigua y una boca que parecía haber olvidado cómo sonreír. Su cabello enmarcaba una cara llena de vida. Su cuerpo no era una colección de defectos, sino el hogar que la había acompañado durante tantos años, sosteniéndola incluso cuando ella se empeñaba en rechazarlo.

Vio sus piernas, una de ellas menos firme que la otra, y comprendió que aquellos pasos difíciles también la habían llevado a lugares hermosos. Vio sus manos, que habían escrito poemas, acariciado a quienes amaba y secado lágrimas. Vio en su rostro a una mujer que había seguido adelante muchas veces sin saber de dónde sacaba las fuerzas.

Era bella.

No porque su cuerpo respondiera a las medidas de nadie, ni porque otras personas pudieran desearla, sino porque había en ella una vida entera que todavía no había aprendido a mirar.

Quiso acercarse a aquella mujer tendida en la calle. Quiso decirle que no tenía que ganarse el derecho a comer, ni a descansar, ni a ocupar su lugar en el mundo. Que el amor no se medía en kilos perdidos. Que ninguna privación podía hacerla más digna de ser amada.

Quiso decirle que su madre no la habría querido más delgada, ni Pablo la habría abrazado con mayor ternura por pesar menos.

Los amores verdaderos no exigen que nos hagamos pequeños para merecerlos.

A lo lejos creyó escuchar una voz. No supo si procedía del cielo, de sus recuerdos o de las personas que se inclinaban sobre ella.

—Todavía no, hija mía. Todavía no.

Y aquella voz no sonó como una orden, sino como una caricia.

—No tienes que venir a mí dejando de vivir. No tienes que desaparecer para encontrarme. Estoy también en la vida que te he dado, en el pan que te alimenta, en las manos que te sostienen y en cada persona que te quiere. Tu cuerpo no es una barrera entre tú y el cielo. Es el lugar desde el que todavía puedes amar.

La mujer sintió que algo se quebraba dentro de ella. No era su cuerpo, sino aquella idea terrible de que debía castigarlo para ser merecedora de paz.

Después, todo se volvió oscuro.

Cuando abrió los ojos, estaba en una cama de hospital. Una enfermera le hablaba con dulzura. Tenía la boca seca, el cuerpo dolorido y un cansancio que le llegaba hasta el alma.

No había volado hacia las nubes.

Seguía allí.

Y, por primera vez en mucho tiempo, aquella certeza no le pareció una condena.

Lloró al recordar a su madre y a Pablo. Los echaba de menos con una intensidad que le oprimía el pecho. Deseaba abrazarlos, contarles sus miedos, descansar en aquella paz que imaginaba junto a ellos. Pero comprendió que añorarlos no significaba que tuviera que apresurarse a encontrarlos.

Aún quedaban amaneceres.

Quedaban palabras por escribir, calles por recorrer, canciones por escuchar y abrazos que todavía no sabía que recibiría. Quedaban momentos en los que podría volver a reír sin pedir permiso, mirar el cielo sin desear desaparecer y aprender a habitar su cuerpo con menos dureza.

No iba a ser fácil. La culpa no se marcharía de un día para otro, y tendría que aprender a distinguir el cuidado del castigo, la salud del miedo y el hambre de aquella necesidad de sentirse merecedora de algo.

Pero ya no estaba sola. Había personas que podían ayudarla, y ella podía dejarse ayudar.

Aquella tarde, cuando le llevaron la comida, la miró durante unos segundos. Todavía sentía miedo. Todavía escuchaba dentro de sí aquella voz que le reprochaba necesitar.

Entonces recordó a la mujer que había contemplado desde arriba.

Y deseó volver a verla algún día, no desde el borde de la vida, sino frente a un espejo, mientras se peinaba, escribía un poema o sonreía al descubrir que aún había belleza esperándola en las cosas pequeñas.

Tomó aire.

No tenía que resolver toda su vida en aquel instante. Solo necesitaba aceptar que también merecía cuidado.

Afuera, el cielo comenzaba a teñirse de naranja.

La mujer lo contempló y pensó en Jesús, en su madre y en Pablo. Por primera vez, en lugar de pedir alas para marcharse, pidió fuerzas para quedarse.

Quizá volar no consistía en abandonar la tierra.

Quizá también se podía volar cuando una aprendía a levantarse, a perdonarse y a recibir el amor que tantas veces había creído no merecer.

Y aquella noche, mientras la luz se apagaba lentamente tras la ventana, la mujer cerró los ojos.

No para desaparecer.

Sino para descansar.

Porque todavía tenía vida entre las manos.

Y, aunque aún no lo sabía del todo, también tenía derecho a vivirla.

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