
Hay una pregunta que, de vez en cuando, deberíamos hacernos en silencio, mirándonos al espejo, sin miedo a la respuesta: ¿quién soy yo más allá de lo que me ha tocado vivir?
Porque a veces confundimos nuestra historia con nuestra identidad. Creemos que somos nuestras heridas, nuestros tropiezos, nuestras pérdidas, nuestras limitaciones y todas esas circunstancias que, sin pedirnos permiso, fueron llegando para quedarse un tiempo en nuestra vida.
Pero ¿y si fuéramos mucho más que todo eso?
Yo no soy solamente las dificultades que he tenido que afrontar, ni las lágrimas que he derramado a escondidas, ni las veces que he sentido que la vida me pedía más fuerzas de las que tenía. No soy únicamente las ausencias que todavía duelen, las batallas que nadie ha visto ni los días en los que levantarme de la cama ha sido ya una pequeña victoria.
Tampoco soy mis limitaciones físicas, mis miedos, mis errores o las decisiones que no siempre he sabido tomar. Todo eso forma parte de mi camino, sí, pero no tiene derecho a definirme por completo.
Lo que me ha tocado vivir explica muchas cosas de mí, pero no determina todo lo que soy.
Hay una diferencia enorme entre llevar cicatrices y ser una cicatriz. Entre haber conocido la tristeza y convertirse en tristeza. Entre haber atravesado una etapa oscura y creer que una ha nacido para vivir sin luz.
A veces, las circunstancias nos colocan etiquetas. Nos recuerdan lo que no podemos hacer, lo que perdimos, lo que no conseguimos o aquello que nunca salió como esperábamos. Y, sin darnos cuenta, empezamos a mirarnos con los ojos de nuestras dificultades, olvidando todo lo que todavía vive dentro de nosotros.
Olvidamos nuestra capacidad de amar, de crear, de aprender, de emocionarnos con las cosas pequeñas. Olvidamos que todavía podemos descubrir una pasión, escribir una página que nos conmueva, pintar un paisaje con los colores de nuestros sueños, aprender una canción o encontrar una razón para sonreír en mitad de una semana complicada.
Olvidamos que seguimos siendo personas llenas de posibilidades, incluso cuando la vida parece empeñada en demostrarnos lo contrario.
Yo soy también mis ganas de seguir aprendiendo, mi sensibilidad, mis palabras, mis sueños y esa parte de mí que se resiste a dejar de creer en la belleza de las cosas. Soy las veces que he tendido una mano, los abrazos que he regalado, las palabras que han podido consolar a alguien y la ilusión que todavía soy capaz de sentir cuando comienzo algo nuevo.
Soy mis contradicciones, porque no siempre soy fuerte. Hay días en los que me canso, me enfado, me desanimo y me pregunto por qué algunas cosas tienen que ser tan difíciles. Días en los que necesito que alguien me cuide, me escuche y me recuerde que no tengo que poder con todo.
Y eso también está bien.
No tengo que ser una heroína permanente para demostrar mi fortaleza. No necesito sonreír siempre, ni encontrar una lección en cada golpe, ni convertir cada sufrimiento en una historia de superación.
A veces, ser fuerte consiste sencillamente en reconocer que algo duele y permitirse descansar.
Porque vivir no debería convertirse en una competición por demostrar cuánto somos capaces de soportar. Merecemos disfrutar, equivocarnos, cambiar de opinión, pedir ayuda y comenzar de nuevo sin tener que justificar cada paso.
No somos solamente lo que hemos sobrevivido; también somos todo lo que elegimos construir después.
Y quizá ahí esté una de las mayores libertades que tenemos: comprender que nuestra historia no está terminada. Que el pasado merece ser reconocido, pero no necesita convertirse en una cárcel. Que podemos aceptar lo vivido sin resignarnos a que todo lo que venga tenga que parecerse a ello.
No podemos elegir todas las circunstancias que nos rodean, pero, poco a poco, podemos aprender a elegir qué lugar les concedemos dentro de nosotros.
Podemos dejar de hablarnos con dureza. Podemos mirarnos con más ternura. Podemos reconocer nuestros avances, aunque sean pequeños, y celebrar las alegrías sin sentir que debemos pedir permiso por ser felices cuando todavía quedan problemas por resolver.
Porque no hace falta tener una vida perfecta para disfrutar de un instante hermoso. No hace falta haber solucionado todas nuestras preocupaciones para contemplar una puesta de sol, escuchar una canción que nos emocione o agradecer que alguien se haya acordado de nosotros.
La vida no ocurre únicamente cuando todo está bien. La vida también está en medio del desorden, de las dudas, de los cambios y de esos días en los que avanzamos despacio, pero seguimos avanzando.
Y para quienes encontramos en la fe una fuente de esperanza, creer también puede ser una manera de recordar que nuestro valor no depende de nuestras circunstancias. Que somos mucho más que nuestras caídas y que, incluso cuando no comprendemos el camino, podemos encontrar fuerzas para dar el siguiente paso.
Hoy quiero recordarme, y recordarte a ti que estás leyendo estas palabras, que no eres solamente aquello que te ha sucedido.
Eres también lo que amas, lo que sueñas, lo que compartes, lo que todavía deseas aprender. Eres las veces que has vuelto a intentarlo, las pequeñas decisiones con las que cuidas de ti y la esperanza que, incluso debilitada, sigue buscando un lugar donde quedarse.
No permitas que una etapa difícil te haga olvidar todas las demás partes de ti.
No eres menos por necesitar ayuda. No vales menos por caminar a otro ritmo. No has fracasado porque tu vida no se parezca a la que imaginaste. Y no has llegado demasiado tarde para descubrir nuevas ilusiones.
Quizá no puedas cambiar algunas páginas de tu historia, pero todavía puedes escribir las siguientes.
Y puedes hacerlo sin renegar de quien fuiste, sin avergonzarte de tus heridas y sin exigirle a tu presente que compense todo lo que te faltó en el pasado.
Con paciencia. Con amor. Con esperanza.
Porque, al final, la pregunta no es solamente quién soy después de todo lo que he vivido, sino quién deseo ser a partir de ahora.
Y esa respuesta todavía está en mis manos.
Soy mucho más que lo que me ha tocado vivir. Soy también todo lo que llevo dentro, todo lo que aún puedo ofrecer y todo lo que todavía me queda por descubrir.
Y mientras haya vida, habrá una oportunidad para volver a mirarme al espejo y reconocer, más allá de las cicatrices, a la persona que sigue aquí.
A esa persona que merece ser querida, respetada y feliz.
A mí.
A ti.
A todos los que alguna vez hemos necesitado recordar que nuestra historia es una parte de nosotros, pero nunca nuestra identidad completa.
Porque no somos solamente las huellas que la vida dejó en nuestra piel, sino también la luz que, a pesar de todo, seguimos siendo capaces de dar.