Nunca es tarde para escuchar la llamada del corazón

En el centenario del DOMUND, un sueño misionero que sigue vivo en mi interior.

Hay días que terminan de una manera tan hermosa que una siente que todo el cansancio ha merecido la pena. Días largos, de trabajo y obligaciones, que, sin embargo, guardan un regalo al final de la jornada. Y el de hoy ha sido uno de esos regalos que llegan al alma.

Después de trabajar durante todo el día, de pasar por la revisión de mis audífonos y regresar de nuevo al trabajo, he podido salir un poco antes para asistir a una conferencia y escuchar los testimonios de varios misioneros. Sus experiencias, sus palabras y su entrega me han hecho detenerme por un momento y mirar hacia dentro.

Después, he participado en un acto en la iglesia del Adoramus, con la exposición del Santísimo. Ha sido precioso. De esos momentos en los que el silencio se convierte en oración, en los que una siente que no necesita demasiadas palabras para encontrarse con Dios.

Y allí, entre testimonios de entrega, fe y esperanza, ha vuelto a despertar una ilusión que llevo guardada desde hace muchos años: mi deseo de ir de misiones.

Con motivo del centenario del DOMUND, esa llamada adquiere para mí un significado especial. Cien años de una jornada que nos recuerda la importancia de mirar más allá de nuestras propias fronteras, de acercarnos a quienes sufren y de comprender que la fe también se hace camino cuando se convierte en servicio, fraternidad y amor.

Porque ser misionero no es solamente viajar a tierras lejanas. Es salir de uno mismo, aprender a mirar al otro con ternura y descubrir que siempre hay algo que podemos ofrecer, aunque sea pequeño. Es comprender que el mundo necesita manos que ayuden, oídos que escuchen y corazones dispuestos a acompañar.

Y yo siempre he querido formar parte de esa entrega.

Sin embargo, mi vida tiene unas circunstancias que no puedo ignorar. Nací con parálisis cerebral infantil y tengo mis propias limitaciones físicas. Mi familia considera que ir de misiones no sería adecuado para mí. Comprendo su preocupación y sé que, seguramente, sus palabras nacen del deseo de protegerme. Pero también me pregunto si mis circunstancias tienen que convertirse necesariamente en una renuncia definitiva.

¿Acaso los sueños tienen que desaparecer porque nuestro camino sea diferente?

Durante el último cuatrimestre de Fundamentos Cristianos, un sacerdote llamado Luis Juan, que fue mi profesor, me dijo algo que se ha quedado grabado en mi memoria: «Nunca es tarde».

Y hoy, al escuchar a los misioneros, esas palabras han vuelto a resonar dentro de mí.

Nunca es tarde para descubrir una vocación. Nunca es tarde para preguntarnos qué podemos hacer por los demás. Nunca es tarde para buscar un camino que nos permita poner nuestros dones al servicio de quienes más lo necesitan.

Quizá mi camino no sea el que imaginé de joven. Quizá haya dificultades que deba valorar, necesidades que atender y límites que respetar. No quiero ignorar la realidad ni lanzarme a una aventura sin tener en cuenta mis circunstancias. Pero tampoco quiero cerrar una puerta sin haber intentado descubrir qué hay detrás.

Tal vez existan otras maneras de colaborar en las misiones, de acompañar a quienes parten, de participar en proyectos solidarios o de llevar esperanza desde el lugar donde vivo. Todavía no lo sé. Necesito informarme, preguntar y dejar que ese deseo encuentre su forma.

Pero hay algo que no ha cambiado con los años: las ganas de entregar, de compartir y de sentir que mi vida puede ser útil para alguien más.

A veces, cuando hablamos de limitaciones, pensamos enseguida en todo aquello que no podemos hacer. Nos detenemos en los obstáculos, en las dificultades y en las puertas que parecen cerradas. Y olvidamos preguntarnos qué otras puertas podrían abrirse si nos atreviéramos a mirar desde otra perspectiva.

No todos podemos recorrer los mismos caminos, ni tenemos las mismas fuerzas o posibilidades. Pero cada persona guarda dentro de sí una riqueza que puede ofrecer al mundo. La mía también existe, con mis capacidades, mis dificultades, mi sensibilidad y mi fe.

Quizá no pueda llegar a todos los lugares a los que me gustaría ir. Pero quiero creer que todavía puedo encontrar la manera de acercarme a quienes necesitan una palabra de consuelo, una mano tendida o una presencia que les recuerde que no están solos.

Esta noche, al recordar el testimonio de los misioneros y el momento vivido ante el Santísimo, siento que mi sueño sigue ahí, latiendo con la misma fuerza, aunque a veces haya intentado guardarlo en silencio.

Y me pregunto si Dios no nos invita, precisamente, a buscar nuevas maneras de responder a las llamadas que sentimos en el corazón.

No tengo todas las respuestas. No sé si algún día podré ir de misiones. Pero quiero permitirme soñar, preguntar y explorar posibilidades. Quiero hacerlo con responsabilidad, escuchando también a quienes me quieren, pero sin renunciar de antemano a algo que significa tanto para mí.

En este centenario del DOMUND, me quedo con una idea: la misión comienza cuando dejamos de vivir únicamente pendientes de nosotros mismos y empezamos a preguntarnos qué podemos hacer por los demás.

Quizá mi lugar esté en una tierra lejana. Quizá esté mucho más cerca de lo que imagino. Tal vez mi primera misión consista en aprender a reconocer las oportunidades que ya tengo delante.

Lo que sí sé es que quiero seguir buscando.

Porque la fe me sostiene, me ayuda a confiar y me recuerda que la esperanza no consiste en tener la certeza de que todo saldrá como deseamos, sino en seguir caminando incluso cuando todavía no conocemos el destino.

Señor, si este sueño sigue vivo dentro de mí, ayúdame a descubrir cómo puedo hacerlo realidad. No te pido que desaparezcan todas mis dificultades, sino que me enseñes a encontrar mi camino a pesar de ellas.

Y mientras llega la respuesta, seguiré soñando, rezando y aprendiendo a escuchar.

Porque hay llamadas que no se apagan con el tiempo. Permanecen en el alma, esperando que nos atrevamos a escucharlas de nuevo.

Y quizá, como me dijo Luis Juan, nunca sea tarde.

Porque las limitaciones pueden cambiar el camino, pero no tienen por qué apagar la ilusión de servir, amar y llevar esperanza allí donde haga falta.

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