
Estoy en un proyecto de escritura de mi primera novela ✍ ¿Y porqué os pongo el último capítulo?, porque es en que sano y me reconcilio con la niña que fui. Con la joven de los diarios, que busca y busca su lugar en el mundo y ser escuchada y querida y sí, encuentra el amor y este le acompaña en su proceso de sanación. Y luego lo deja ir. Porque desprenderse de las cosas y personas, es el acto más grande de amor. Y ella cura… suelta….
Durante mucho tiempo escribí sobre otros.
Inventé personajes, imaginé mundos, construí diálogos que nunca existieron y otorgué a mis protagonistas el valor que a mí me faltaba. En cada página dejaba algo de mí, aunque todavía no era consciente de ello.
Escribir era mi refugio.
El lugar donde podía ordenar el caos, silenciar el ruido y dar forma a aquello que no sabía expresar en voz alta.
Pero llegó un momento en que comprendí que ninguna historia inventada podría conmoverme tanto como la mía.
Y entonces sentí miedo.
Porque escribir sobre una misma es desnudarse ante el papel. Es mirar de frente las heridas, las pérdidas, los sueños rotos y también los pequeños milagros que nos han sostenido cuando todo parecía derrumbarse.
Mi voz no nace de la perfección, sino de la verdad.
Fluye cuando dejo de fingir, cuando me permito sentir y cuando escribo con la misma honestidad con la que late mi corazón.
Entonces las palabras dejan de ser palabras y se convierten en memoria, en herida y en luz.
Al escribir esta historia comprendí que mi vida no había sido una sucesión de obstáculos, sino un camino de aprendizaje.
Mi infancia marcada por la hemiparesia derecha, la lucha constante por sentirme igual que los demás, la búsqueda de aceptación, la pérdida de mi madre, el amor por la escritura y la pintura, los sueños cumplidos y los que todavía esperan su momento.
Todo ello me ha convertido en la mujer que soy.
No escribo para dar pena.
No escribo para buscar respuestas.
Escribo para reconciliarme con mi pasado.
Para abrazar a la niña que fui.
Para agradecer a la mujer en la que me he convertido.
Y para dejar constancia de que, incluso en medio de las grietas, la vida siempre encuentra la manera de florecer.
Si estas páginas logran que alguien se sienta comprendido, menos solo o más esperanzado, entonces habrá merecido la pena.
Porque al final entendí que contar mi historia no era abrir viejas heridas.
Era transformarlas en tinta.
Y convertir sus ecos en un canto sereno a la vida.
©️Tinta y Ecos del Ayer