
Ayer me caídenuevo.
Y digo «otra vez» porque últimamente las caídas parecen haberse convertido en un capítulo inesperado de mi vida.
La mañana había empezado bien. Pilates a primera hora, después fui al médico y más tarde al trabajo. Una mañana normal, de esas en las que una va enlazando cosas y siente que, a pesar de las dificultades, sigue adelante.
Al terminar Pilates, me levanté de la colchoneta, que estaba en el suelo. Lo hice yo sola y bastante deprisa. Mis compañeros incluso me lo comentaron, sorprendidos y animándome por haberme incorporado con tanta facilidad.
Y aquello me hizo sentir orgullosa.
No porque levantarme del suelo sea algo extraordinario para cualquiera, sino porque para mí, con mis dificultades de movilidad, cada pequeño logro cuenta.
Después continué con mi día: médico, trabajo…
Y al salir del trabajo fui a recoger la comida.
Entonces pasó.
Cuando ya salía, mi pie se enredó en la alfombra de la entrada. Todo ocurrió a cámara lenta. Ese instante en el que sabes que vas a caer, pero no puedes hacer nada para evitarlo.
Fui contra el cristal.
Esta vez no pude levantarme sola.
Dos hombres tuvieron que ayudarme a incorporarme.
Y pensé en lo curioso que es el cuerpo humano. Por la mañana había conseguido levantarme sola del suelo, y unas horas después necesitaba que dos personas me tendieran la mano.
Quizá la vida sea un poco así.
Unas veces podemos solos.
Otras necesitamos ayuda.
Y ninguna de las dos cosas debería avergonzarnos.
Pero hoy he aprendido algo más.
Cuando alguien te cuenta que se ha caído, quizá no necesite un consejo.
Quizá no necesite que le expliquen qué debería haber hecho.
Quizá ni siquiera necesite que le solucionen nada.
A veces solo necesita escuchar:
«¿Estás bien?»
«¿Te has hecho daño?»
«¿Necesitas algo?»
Y esas preguntas tan sencillas pueden significar muchísimo.
Porque cuando una persona está en el suelo, hay quien puede ayudarla a levantarse.
Pero también hay otra forma de levantar a alguien:
escuchándolo,
preocupándose,
acompañándolo,
dándole un abrazo,
preguntándole cómo está.
Después de contar que me había caído, la conversación terminó girando hacia otra cosa: el dinero que había gastado en comprar comida, cuánto debía haber guardado, cómo podría haber dividido las raciones…
Y quizá todo aquello tuviera su lógica.
Pero yo, en ese momento, necesitaba otra cosa.
Necesitaba que alguien se detuviera un instante antes de hablar de lo que había hecho mal y me preguntara:
«¿Te has hecho daño?»
Quizá sea pedir demasiado.
O quizá no.
Porque cuando queremos a alguien, a veces confundimos cuidar con corregir.
Y no siempre son lo mismo.
Hay momentos para aconsejar, momentos para hablar de dinero, momentos para decirnos las cosas que hacemos mal y momentos para enseñarnos a organizarnos mejor.
Pero también hay momentos en los que simplemente necesitamos que alguien se siente a nuestro lado y diga:
«Estoy aquí.»
No quiero convertir mi caída de hoy en una tragedia.
Mañana volveré a levantarme.
Seguiré yendo a Pilates mientras pueda. Seguiré trabajando. Seguiré escribiendo. Seguiré intentando caminar por esta vida con mis tropiezos, mis dificultades y mis pequeñas victorias.
Porque ya sé que no puedo evitar todas las caídas.
Pero sí puedo decidir qué hago después de ellas.
Y hoy me quedo con algo que quizá sea mucho más importante que aprender a no caer:
aprender a levantarme sin perder la ternura.
La ternura conmigo misma.
La ternura con quienes también tropiezan.
Y la esperanza de encontrar siempre a alguien que, cuando me vea en el suelo, antes de preguntarme cuánto he gastado o qué he hecho mal, simplemente me tienda la mano y me diga:
«Ven. ¿Estás bien?»
Porque algunas veces no necesitamos que nos enseñen a caminar.
Solo necesitamos que alguien camine un rato a nuestro lado.