Cuando las estrellas tenían sed

Dicen que, en algún lugar donde los mapas se olvidan de mirar, existe un planeta tan pequeño que solo cabe un árbol, una piedra y un banco de madera.

Allí vivía un niño que cada amanecer salía con una diminuta regadera de cristal. No regaba flores. Regaba estrellas.

—¿Por qué haces eso? —le preguntó un pájaro de plumas doradas.

—Porque algunas personas han olvidado que llevan una dentro.

El pájaro no entendió la respuesta y siguió volando.

Cada noche caía del cielo una estrella apagada. El niño la recogía con mucho cuidado, la limpiaba con un pañuelo de nubes y la regaba con una sola gota de agua transparente.

Poco a poco, la estrella volvía a brillar.

Un día llegó una mujer cansada. Traía el corazón lleno de grietas invisibles. Había perdido abrazos, despedido sueños y guardado demasiadas lágrimas para no preocupar a nadie.

Se sentó en el banco sin decir una palabra.

El niño tampoco habló.

Solo le ofreció la pequeña regadera.

—No sé qué hacer con ella.

—No es para las flores —respondió sonriendo—. Es para aquello que has dejado de cuidar.

La mujer miró alrededor.

No había nada.

Solo silencio.

Entonces comprendió.

Cerró los ojos y recordó a la niña que una vez fue. Aquella que reía sin miedo, inventaba castillos con cuatro piedras y creía que los árboles hablaban cuando soplaba el viento.

Lloró.

Pero esta vez las lágrimas no dolían.

Cada lágrima caía sobre una diminuta estrella escondida en su pecho.

Y cada estrella comenzaba a encenderse.

—¿Sanar es dejar de sufrir? —preguntó.

El niño negó con la cabeza.

—Sanar es dejar de pelearte con tus heridas. Ellas solo querían que las escucharas.

Desde aquel día, la mujer regresó muchas veces.

No para olvidar el pasado.

Sino para conversar con él.

Descubrió que el miedo podía caminar a su lado sin dirigir su vida; que la tristeza también necesitaba descansar; que el perdón no cambiaba lo vivido, pero sí el peso con el que se seguía caminando.

Antes de marcharse, el niño le regaló la regadera.

—¿Y tú? ¿Cómo cuidarás ahora las estrellas?

El pequeño sonrió mirando al cielo.

—Cada vez que alguien aprende a quererse un poquito más, aquí nace una estrella nueva. Nunca me falta trabajo.

La mujer volvió a su mundo.

Las personas decían que seguía teniendo las mismas cicatrices.

No sabían que, por dentro, aquellas grietas ya no eran roturas.

Eran ventanas por donde entraba la luz.

Y algunas noches, cuando el cielo estaba muy limpio, podía verse una estrella que brillaba un poco más que las demás.

No era la más grande.

Ni la más perfecta.

Era simplemente la que había aprendido que la luz nunca desaparece: solo espera, en silencio, a que alguien vuelva a regarla.

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