
Hay silencios que no nacen del vacío, sino del exceso.
Silencios llenos, densos, casi desbordados de pensamientos que no encuentran el camino hacia la voz.
Quizá callo.
Pero no porque no tenga nada que decir.
Callo porque mi mente corre más rápido que mi lengua, porque las palabras se agolpan en la salida como un río que quiere ser mar de golpe. Y entonces, cuando intento hablar, se desordenan, tropiezan entre sí, pierden la forma.
La gente me mira.
A veces con desconcierto.
A veces con algo más difícil de nombrar… ¿misericordia?
Y yo lo noto.
Por eso, a veces, elijo el silencio. No como renuncia, sino como refugio. Como una forma de proteger lo que aún no ha encontrado su lugar.
Pero luego está la escritura.
Escribir es mi territorio seguro.
Ahí, las palabras no huyen. No se atropellan. Me esperan.
Puedo tomarlas una a una, mirarlas, darles forma, equivocarme y volver atrás. Puedo respirar dentro de ellas.
Escribir es, quizá, la forma más honesta que tengo de existir.
Mi hemiparesia derecha me ha enseñado, desde siempre, que no encajo en lo que otros llaman “normal”.
No hablo “normal”.
No pienso “normal”.
No escribo “normal”.
Pero, ¿qué es lo normal, realmente?
He vivido muchas veces bajo esa mirada ajena que mide, que compara, que juzga en silencio. Esa mirada que parece decir “pobrecita” sin pronunciarlo. Y durante mucho tiempo no supe cómo responder a eso.
¿Cómo se explica que una vida distinta también puede ser una vida plena?
¿Cómo se dice, sin titubeos, que estoy bien?
Que soy feliz.
Que, aunque me cueste, aunque tenga que esforzarme más que otros, hay belleza en mi manera de estar en el mundo.
Porque sí, me esfuerzo. Mucho.
Pero no desde la carencia, sino desde el amor. Desde el deseo de hacerlo bien, de encontrar mi forma, mi ritmo, mi voz.
Aunque esa voz no siempre suene al hablar.
Porque mi voz, en realidad, vive aquí.
En cada palabra escrita.
En cada frase que encuentra su lugar sin prisa.
Y quizá no sea una voz como las demás.
Pero es mía.
Y eso basta.