La flor, la ortiga y el jardín de la luna

Había una vez un jardín que solo despertaba cuando salía la luna.

Las flores abrían sus pétalos de cristal,
las luciérnagas encendían pequeñas estrellas
y el rocío dibujaba caminos de plata sobre la hierba.

En aquel jardín vivía una flor blanca,
tan delicada que parecía hecha de nube.

Una noche, mientras perseguía una luciérnaga dorada,
descubrió algo que nunca había visto:

una ortiga creciendo junto a un viejo muro.

—¿Quién eres? —preguntó la flor.

—Soy una ortiga —respondió ella—.
No soy especialmente bonita,
pero conozco los mejores cuentos del jardín.

Y comenzó a contar historias.

Historias de hadas que habían perdido sus coronas,
de ranas que soñaban con ser príncipes
y de estrellas que, cansadas del cielo,
bajaban a dormir entre las flores.

La flor reía tanto
que sus pétalos temblaban bajo la luz de la luna.

Desde entonces, cada noche se encontraban.

La flor llevaba perfume.
La ortiga llevaba historias.

La flor tenía pétalos suaves.
La ortiga, pequeñas espinas.

Y aunque eran tan diferentes,
habían encontrado algo extraordinario:

la alegría de hacerse compañía.

Pero una noche la flor quiso acercarse demasiado.

—¡Ay! —susurró al sentir una de las espinas.

La ortiga bajó las hojas.

—No quería hacerte daño.

La flor la miró durante un largo momento.

Entonces comprendió que el jardín estaba lleno de cosas maravillosas que no podían tocarse de cualquier manera.

Había flores que necesitaban sol.
Flores que necesitaban sombra.
Plantas que perfumaban la noche
y otras que protegían sus secretos entre espinas.

Y ninguna tenía que convertirse en otra
para merecer un lugar en el jardín.

Así que la flor volvió a su rincón de luna
y la ortiga permaneció junto al viejo muro.

Desde allí siguieron contándose historias.

Y cada vez que la flor reía,
sus pétalos brillaban como pequeñas lunas.

Y cada vez que la ortiga contaba un cuento,
las luciérnagas se acercaban para escucharlo.

Desde entonces, en aquel jardín encantado,
todos aprendieron una pequeña lección:

no todo lo que es hermoso está hecho para tocarse,
ni todo lo que tiene espinas deja de ser especial.

A veces, la magia consiste simplemente
en encontrar la distancia perfecta
desde la que dos seres diferentes
pueden hacerse felices.

Y cuentan que, cuando la luna está llena,
todavía puede escucharse la risa de una flor
junto al viejo muro.

Porque algunas historias no necesitan
un “felices para siempre”.
Les basta con un “qué bonito fue encontrarnos”.

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