
En un pequeño pueblo de calles blancas y macetas llenas de geranios vivía Anaia. Su casa era un piso acogedor desde cuya ventana se veía la torre de la iglesia y se escuchaban las campanas marcar las horas.
Aquel verano iba a ser muy especial. Había soñado con la playa, con castillos de arena y con perseguir olas. Pero una caída le rompió un hueso de la mano y el médico le pidió reposo.
—Este año nos quedamos en casa, Víctor —dijo acariciando a su gatito atigrado.
Víctor respondió con un dulce «miau», como diciendo que cualquier lugar era maravilloso si estaban juntos.
Cada tarde llegaban sus amigos del barrio.
Lucía llevaba cuentos y lápices de colores.
Mario aparecía con juegos de mesa y rompecabezas.
Inés traía limonada muy fresquita.
Y Samuel siempre encontraba una nueva historia que contar para hacer reír a Anaia.
Entre todos conseguían que aquel verano no pareciera tan triste.
Sin embargo, había algo que preocupaba a Anaia.
Víctor apenas bebía agua.
El cuenco se ensuciaba con facilidad. Caía algún pelito, una mota de polvo o una miguita de pienso, y aunque Anaia cambiaba el agua varias veces al día, el gatito no parecía muy convencido.
Una mañana llegó un paquete.
Dentro había una preciosa fuente automática para gatos.
Era blanca como una nube y el agua caía formando un pequeño riachuelo que cantaba:
—Glu… glu… plin… plin…
Víctor la observó desde el sofá.
Después desde la alfombra.
Más tarde desde detrás de una silla.
—Creo que le da un poquito de respeto… —rió Lucía.
Mario se agachó.
—Los exploradores siempre necesitan tiempo.
Inés sonrió.
—Nadie tiene prisa.
Samuel comenzó a imitar el sonido del agua.
—¡Glu, glu, glu!
Víctor no pudo resistirse.
Se acercó muy despacito.
Primero olió.
Luego tocó el agua con una patita.
Después sacó la lengua.
Una lamida.
Otra.
Y otra más.
De pronto empezó a beber con ganas.
Todos aplaudieron bajito para no asustarlo.
—¡Lo ha conseguido! —exclamó Anaia.
Desde aquel día Víctor visitaba la fuente muchas veces.
Le encantaba el agua en movimiento.
Siempre estaba fresca y apetecible.
Anaia, además, limpiaba la fuente con frecuencia para que permaneciera limpia y segura.
Una tarde los cuatro amigos llamaron a la puerta.
—¿Te apetece bajar un ratito al parque? Solo un paseo corto —preguntó Samuel.
Anaia miró a Víctor.
Antes de salir pulsó el temporizador de la fuente.
—Así seguirá funcionando un buen rato mientras volvemos.
La fuente respondió con su alegre canción.
—Glu… glu… plin…
Cuando regresaron, Víctor estaba tumbado junto a ella.
Tenía los bigotes mojados y los ojos llenos de felicidad.
Bebía más a menudo.
Jugaba más.
Dormía tranquilo.
Y parecía encontrarse cada día un poquito mejor.
Aquella noche, mientras el aire fresco entraba por el balcón, Anaia comprendió que cuidar a quien queremos no siempre significa hacer cosas enormes.
A veces basta con observar, aprender lo que necesita y regalarle pequeños gestos llenos de amor.
Y desde entonces, en aquel piso del pequeño pueblo, el sonido más bonito del verano no fue el de las olas del mar.
Fue el de una pequeña fuente cantarina que recordaba a todos que el agua limpia y en movimiento podía convertirse en una gran aliada para la salud de un gato.
Y Víctor, que antes apenas se acercaba al cuenco, descubrió que beber agua también podía ser una pequeña aventura.
Moraleja: Los grandes cuidados nacen de los pequeños detalles. Observar, aprender y atender las necesidades de quienes queremos es una de las formas más bonitas de demostrar amor.