
Hay días en los que la tierra deja de ser refugio para convertirse en miedo. En los que el silencio pesa más que cualquier palabra porque solo se rompe con el sonido de las sirenas, de las palas removiendo escombros o de alguien que grita un nombre esperando una respuesta.
Hoy Venezuela llora.
Llora por quienes no volverán a abrazar a sus seres queridos. Por quienes quedaron atrapados bajo el peso del cemento. Por las familias que, en apenas unos segundos, perdieron su casa, sus fotografías, sus recuerdos y la vida tal como la conocían.
Pero también llora por quienes siguen buscando.
Por esas manos llenas de polvo que no se rinden. Por los equipos de rescate, los vecinos y los voluntarios que, sin preguntar de dónde viene cada persona, trabajan unidos porque toda vida merece ser salvada.
Pienso en los niños. En los que preguntan cuándo volverán a casa. En los que nacen mientras el mundo a su alrededor parece derrumbarse. Que nunca les falten unos brazos donde sentirse seguros ni una esperanza a la que aferrarse.
Pienso en los animales, compañeros silenciosos de tantas familias. Algunos esperan junto a una puerta que ya no existe. Otros han sido encontrados entre los escombros, asustados, pero vivos. Ellos también necesitan una caricia, agua, alimento y un lugar donde volver a confiar.
Y pienso en quienes ya no están.
Que la tierra no sea el último recuerdo de sus vidas, sino el lugar donde florezca la memoria de su valentía, de su amor y de todo lo que dejaron en quienes los quisieron.
Las ciudades podrán reconstruirse. Se levantarán nuevas paredes, nuevas escuelas y nuevos parques. Pero lo más importante seguirá siendo lo que ningún terremoto puede destruir: la solidaridad, la compasión y la inmensa capacidad de un pueblo para levantarse una vez más.
Desde la distancia, hoy abrazamos a Venezuela.
Que nunca falte una mano que ayude, una voz que consuele, un rescatista que siga buscando y una luz encendida para quienes aún esperan volver a encontrarse.
Porque incluso entre las ruinas nacen flores.
Y mientras exista una sola persona dispuesta a tender la mano a otra, la esperanza seguirá respirando entre los escombros.