
Había una vez un gatito atigrado llamado Víctor. Era un gato muy tranquilo, cariñoso… y bastante especial para comer.
Su dueña, Elena, cada mañana le llenaba el cuenco de pienso y le abría una deliciosa latita de comida húmeda.
—¡Buen provecho, Víctor! —le decía sonriendo.
Víctor se acercaba despacito, olía la comida con mucho interés y empezaba a comer con verdadero placer. Pero nunca terminaba la ración. Daba unos cuantos bocados y luego se marchaba, convencido de que lo mejor era guardar un poco para más tarde.
—Ya volveré cuando me entre otra vez el hambre —pensaba.
El problema llegaba cuando caía la noche.
Desde una pequeña grieta del patio aparecía un disciplinado ejército de hormigas. Caminaban en fila, una detrás de otra, como si fueran soldados diminutos.
—¡Adelante! ¡Hemos encontrado un banquete! —gritaba la hormiga capitana.
En pocos minutos rodeaban el plato de Víctor.
Cada mañana Elena suspiraba.
—¡Ay, Víctor! Otra vez tengo que fregarlo todo…
Limpiaba el suelo, cambiaba el plato y hasta ponía un círculo de canela alrededor para que las hormigas no pasaran. Pero aquellas pequeñas exploradoras siempre encontraban un nuevo camino.
Eran incansables.
Una noche, Víctor decidió quedarse despierto para descubrir qué ocurría.
Cuando vio llegar a las hormigas, en lugar de enfadarse, les preguntó:
—¿Por qué venís siempre a mi comida?
La hormiga capitana respondió con mucha educación:
—Porque nuestro hormiguero está lleno de pequeñas larvas que también necesitan comer. Nunca queremos molestar, pero el olor de tu comida nos guía hasta aquí.
Víctor se quedó pensativo.
Él tampoco quería pasar hambre… y comprendió que aquellas diminutas hormigas solo intentaban alimentar a su familia.
Al día siguiente, Elena tuvo una idea.
Compró un pequeño comedero con tapa para la comida húmeda y, cuando Víctor terminaba de comer, guardaba el resto para que pudiera seguir disfrutándolo más tarde.
Después, lejos de la casa y bajo un olivo, dejó unas miguitas de pan, semillas y frutas para las hormigas.
La hormiga capitana reunió a su ejército.
—¡Desde hoy respetaremos el plato de Víctor! Tenemos nuestra propia despensa.
Víctor siguió comiendo a su ritmo, Elena dejó de fregar el suelo cada mañana y las hormigas nunca volvieron a invadir su cuenco.
Desde entonces aprendieron que siempre hay sitio para todos cuando se comparte con inteligencia, respeto y un poquito de imaginación.
Y así, entre un gato paciente, una dueña ingeniosa y un ejército de hormigas muy trabajador, todos pudieron convivir en paz.
Colorín colorado, este cuento… ¡ha terminado con todos bien alimentados!