Flor que nace en grieta: una tarde donde la poesía se hizo encuentro

Hay tardes que no se olvidan.
No por su grandeza aparente, sino por la verdad que contienen.

La presentación de mi segundo poemario, “Flor que nace en grieta”, fue una de esas tardes.

En un espacio cercano, humano, casi íntimo, la poesía dejó de ser solo palabra escrita para convertirse en voz compartida, en emoción viva. Lo más hermoso no fue únicamente leer mis propios versos, sino ver cómo otras voces —las de los alumnos y alumnas del Centro de Educación de Adultos— se apropiaban de ellos, los hacían suyos y los devolvían al mundo cargados de matices nuevos.

Fue una presentación participativa, llena de sensibilidad, donde cada lectura era un pequeño puente entre historias, edades y experiencias. Porque la poesía, cuando es verdadera, no pertenece a quien la escribe, sino a quien la siente.

Quiero agradecer profundamente a la Biblioteca Municipal de Torreperogil y, en especial, a Eva, por su cariño y dedicación, así como a la dirección y profesorado del Centro de Adultos por su implicación. Apostar por la cultura en cualquier etapa de la vida no es solo un acto educativo, es un acto de cuidado.

Además, llevé conmigo no solo ejemplares de mis seis libros, sino también pequeñas piezas llenas de alma: las creaciones de las queridas “niñas de los Mandiles”.
Mujeres que cosen historias en forma de delantales, bolsos, mantelitos, jamoneros o fundas, y que convierten lo cotidiano en algo hermoso. Como socia y voluntaria, era importante para mí que también estuvieran presentes, porque representan ese mismo espíritu del poemario: belleza que nace en lo sencillo, en lo humilde, en lo que resiste.

Y ayer, entre palabras, miradas y silencios compartidos, sentí que esa flor no solo es mía.
Es de todos los que, de una forma u otra, siguen creciendo incluso en medio de sus grietas.

Gracias por hacerlo posible.
Gracias por sentir.

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