
Dios es mi aliento,
cuando el pecho se me queda pequeño
y la vida pesa más de la cuenta.
No siempre sé dónde termina el camino,
ni necesito saberlo.
Hay días en que avanzo
sin más brújula que este latido
que insiste en quedarse conmigo.
Dios es ese hilo invisible
que me sostiene cuando aflojo,
la mano que no veo
pero que, de alguna manera,
me devuelve al sitio.
No le pido caminos fáciles.
Le pido fuerza para atravesarlos.
Ni respuestas para todo,
sino un poco de luz
cuando no entiendo nada.
Porque también he aprendido
que la fe no siempre grita.
A veces apenas susurra
desde el fondo de una habitación vacía,
desde una lágrima que nadie ve,
desde ese pequeño milagro
de levantarse una mañana más.
Dios es mi aliento.
Y mientras respire,
aunque no conozca la meta,
seguiré caminando.
No porque tenga todas las respuestas,
sino porque confío
en que cada paso tiene un sentido
que quizá hoy no comprendo.
Y si alguna vez me pierdo,
que no me encuentre el miedo.
Que me encuentre la esperanza.
Que me encuentre su luz.
Que me encuentre la vida.
Y que al final de cualquier camino
no haya una meta que alcanzar,
sino la certeza
de haber caminado acompañada.