
Había una vez una ciudad muy grande. Tan grande que, desde lejos, parecía que no acababa nunca.
Había edificios altos, calles llenas de coches, semáforos, ruido y gente que siempre tenía prisa. Por la mañana todo empezaba muy temprano y por la noche, cuando las ventanas se iban apagando una a una, la ciudad seguía haciendo ruido.
Pero había otros habitantes que también formaban parte de ella.
Aunque casi nadie se acordara.
Eran los animales.
Los gatos que dormían debajo de los coches. Los que buscaban comida junto a los contenedores. Los que se escondían cuando comenzaba a llover. Los perros que caminaban solos por las calles y aquellos que esperaban detrás de una puerta a que alguien volviera a elegirlos.
Y también estaban los animales que vivían en las colonias.
Una de aquellas colonias estaba cerca de una vieja fábrica.
Allí había nacido Luna.
Era una gatita pequeña, de pelo atigrado y unos ojos grandes que parecían querer descubrirlo todo.
Vivía con su madre y sus hermanos.
Para Luna aquel lugar era su casa. No necesitaba mucho más. Un rincón donde dormir, algo de comida, el sol calentándole el lomo y su familia cerca.
Su madre conocía muy bien la ciudad.
Sabía cuándo esconderse.
Sabía cuándo cruzar.
Sabía dónde encontrar agua.
Y sabía que los coches podían convertirse en un peligro en un instante.
—No os alejéis —les decía a sus pequeños—. Y si algo os asusta, volved conmigo.
Luna obedecía, aunque a veces tenía ganas de descubrir el mundo entero.
Pero un día el mundo llegó hasta ellos.
Llegaron máquinas enormes.
Derribaron la fábrica.
Después quitaron los árboles, levantaron una valla y comenzaron las obras.
Donde había tierra apareció cemento.
Donde había silencio apareció una carretera.
Y donde estaba la casa de Luna ya no quedó nada.
Su madre tuvo que llevarlos a otro sitio.
Durante el camino ocurrió algo que Luna no olvidaría nunca.
Uno de sus hermanos desapareció.
Lo buscaron durante horas.
Su madre lo llamó una y otra vez.
Pero no apareció.
Luna no entendía cómo alguien podía estar allí por la mañana y desaparecer por la tarde.
Aquella noche durmió pegada a su madre.
Ya no preguntó nada.
Al poco tiempo encontraron una colonia donde pudieron quedarse.
Allí conocieron a Bruno.
Bruno era un perro viejo que sabía mucho de la vida.
Había tenido una familia, pero un día dejó de tenerla.
—¿Dónde está tu casa? —le preguntó Luna.
Bruno miró hacia los edificios.
—No lo sé.
—¿Y dónde está tu familia?
El perro tardó un poco en contestar.
—Supongo que en alguna parte.
Luna no entendía cómo podía alguien perder una familia.
—¿Y no te buscaron?
Bruno bajó la cabeza.
—No todos los que se pierden son buscados.
Aquella frase se quedó dentro de Luna.
Con el tiempo conoció a Nico, un perro joven que había llegado a una protectora.
Las personas que estaban allí lo cuidaban.
Le daban comida, agua y medicinas cuando las necesitaba.
También lo acariciaban y hablaban con él.
Nico estaba agradecido.
Pero algunas noches se quedaba mirando la puerta.
Luna se acercó una vez.
—¿Qué haces?
—Espero.
—¿A quién?
—No lo sé.
—¿Entonces qué esperas?
Nico la miró.
—Que alguien venga.
Luna no supo qué decir.
Quizá esperaba a su familia.
Quizá a alguien que lo hubiera querido.
Quizá simplemente esperaba que un día las cosas fueran diferentes.
Clara también iba a aquella protectora.
Era una niña que quería mucho a los animales y siempre hacía demasiadas preguntas.
Un día estaba con su abuelo mirando a los perros cuando preguntó:
—¿Por qué hay tantos?
Su abuelo miró a los animales.
—Porque algunos fueron abandonados. Otros se perdieron. Otros nacieron en la calle. Y otros llegaron aquí porque las personas que los tenían ya no quisieron seguir cuidándolos.
Clara se quedó callada.
—Pero si los querían, ¿por qué los dejaron?
Su abuelo suspiró.
—A veces las personas confunden querer con tener.
Clara no dijo nada más.
Aquella tarde salió de la protectora pensando en aquella frase.
Al día siguiente volvió.
Y al siguiente también.
Empezó a conocer los nombres de los perros y de los gatos.
Sabía cuáles tenían miedo.
Cuáles querían que los acariciaran.
Cuáles se acercaban enseguida.
Y cuáles preferían permanecer apartados.
Entonces empezó a darse cuenta de algo.
No todos los animales necesitaban lo mismo.
Algunos querían una casa.
Otros necesitaban tiempo.
Otros necesitaban estar con otros animales.
Algunos habían olvidado cómo confiar.
Y había algunos que solamente necesitaban que alguien tuviera paciencia.
Clara comenzó a preguntar también por las colonias de gatos.
Por las madres.
Por los cachorros.
Por los animales que nacían en la calle.
Y descubrió que muchas veces las personas llegaban cuando el problema ya estaba allí.
Recogían a un animal herido.
Llevaban otro a una protectora.
Buscaban una familia para un cachorro.
Pero después aparecía otro.
Y otro.
Y otro más.
Y Clara pensó que quizá había que empezar antes.
Antes del abandono.
Antes del miedo.
Antes de que una madre perdiera a sus pequeños.
Antes de que un cachorro conociera una jaula.
Porque ayudar no podía consistir solamente en recoger lo que la ciudad iba dejando atrás.
Una noche cayó una tormenta enorme.
Llovió durante horas.
Los coches dejaron de circular.
Las calles se quedaron casi vacías.
Los semáforos dejaron de funcionar y algunos barrios se quedaron sin luz.
La ciudad, por unas horas, dejó de correr.
Y entonces los animales salieron.
Los gatos aparecieron de debajo de los coches.
Los perros se asomaron a las puertas.
Las palomas bajaron de los tejados.
Parecía que todos estaban esperando aquel momento de silencio.
Luna caminó hasta un pequeño parque.
Allí encontró a Bruno.
Y también estaba Nico.
Se quedaron juntos debajo de un árbol.
No hablaban.
Solo escuchaban la lluvia.
Cuando amaneció, la ciudad volvió a ponerse en marcha.
Los coches regresaron.
Las personas volvieron a sus trabajos.
Las tiendas abrieron.
Todo parecía igual.
Pero no lo era.
Aquella mañana Clara encontró algo escrito en una pared del parque.
“Esta ciudad también es nuestra.”
No sabía quién lo había escrito.
Sacó un lápiz de su mochila y dibujó debajo una pequeña huella.
Después se quedó mirando la frase.
Pensó en Luna.
Pensó en Bruno.
Pensó en Nico.
Pensó en todos los animales que esperaban una oportunidad.
Y también en las personas que cada día intentaban ayudarlos.
No quería culpar a nadie.
Solo quería que algún día hiciera falta ayudar a muchos menos.
Porque las protectoras eran necesarias, pero sería bonito que algún día estuvieran casi vacías.
No porque nadie quisiera a los animales.
Sino porque los animales ya no fueran abandonados.
Porque antes de llevar uno a casa se pensara bien.
Porque adoptar fuera para toda la vida.
Porque una mascota no fuera un regalo que se puede devolver.
Porque las camadas fueran evitadas cuando no podían cuidarse.
Porque los gatos de las colonias tuvieran un lugar seguro.
Porque una madre pudiera criar a sus pequeños sin que nadie los separara sin necesidad.
Y porque los animales no fueran vistos como cosas.
Pasaron los años.
La ciudad siguió creciendo.
Pero poco a poco aparecieron más árboles, algunos espacios verdes y lugares donde los animales podían estar más seguros.
Clara se hizo mayor.
Un día volvió al lugar donde había estado la vieja fábrica.
Ya no quedaba nada de ella.
Había un pequeño jardín.
Se sentó en un banco.
Y entonces vio una gata vieja caminando entre los árboles.
La reconoció inmediatamente.
Era Luna.
Clara sonrió.
Luna se acercó un momento y se sentó a su lado.
Las dos miraron la ciudad.
—Ha cambiado mucho —dijo Clara.
Luna movió la cola.
—Aunque todavía queda mucho por aprender.
La gata pareció mirarla como si entendiera.
Después se levantó.
Caminó unos metros.
Se detuvo.
Y echó a correr.
Clara la observó.
Ya no corría para esconderse de los coches.
Ya no corría porque alguien la persiguiera.
Corría simplemente porque podía.
Y mientras la veía desaparecer entre los árboles, Clara pensó que quizá eso era lo que todos necesitábamos alguna vez.
Un lugar donde sentirnos seguros.
Alguien que no nos abandonara.
Un espacio donde poder ser nosotros mismos.
Y la posibilidad de correr sin miedo.
Aquella noche Clara volvió a casa y abrió su viejo cuaderno.
Escribió una última frase:
“Los animales no necesitan que seamos sus dueños. Necesitan que aprendamos a ser sus compañeros.”
Cerró el cuaderno.
Fuera, la ciudad seguía haciendo ruido.
Pero entre aquel ruido se escuchó un maullido.
Y Clara sonrió.
Quizá la ciudad todavía no sabía escuchar del todo.
Pero estaba aprendiendo.