
Hay cosas que una escribe porque quiere contarlas y otras que necesita escribir porque, de alguna manera, llevan demasiado tiempo dentro. Hoy siento que necesito hacer una confesión. No una confesión para pedir perdón ni para justificarme, sino para hablar con sinceridad de la persona que existe detrás de todo lo que escribo.
Quienes me seguís en este blog conocéis una parte de mí. Conocéis mis poemas, mis cuentos, mis libros, mis fotografías, mis viajes, mis encuentros con amigos, mis actividades y muchas de las pequeñas cosas que forman parte de mi día a día. Quizá también hayáis leído algunos de mis textos más personales. Pero la vida de una persona siempre tiene una parte que no se ve. Y detrás de una sonrisa, de una fotografía o de una historia también existen preocupaciones, pérdidas, errores, inseguridades y momentos en los que una no sabe muy bien cómo continuar.
Los últimos años han sido para mí una mezcla de todo eso.
He pasado por momentos complicados, por problemas de salud y por lesiones que me han obligado a detenerme cuando yo quería seguir haciendo mi vida con normalidad. He tenido que aceptar que hay cosas que para otras personas son sencillas y que para mí requieren más esfuerzo. Y no siempre resulta fácil aceptar las limitaciones de nuestro propio cuerpo, especialmente cuando por dentro seguimos teniendo las mismas ganas de hacer cosas que cuando éramos más jóvenes.
También he vivido pérdidas que forman parte de mí para siempre. Personas que se fueron y dejaron un espacio que nadie puede ocupar. Mi madre, mi hermano y otros seres queridos siguen apareciendo en mis recuerdos de las maneras más inesperadas. A veces basta una canción, una fotografía, un olor o una fecha para que regresen durante unos instantes.
Quizá por eso escribo tanto sobre la memoria. Porque hay personas que ya no podemos abrazar, pero podemos seguir encontrándolas en nuestros recuerdos. Y porque escribir también me permite inventar esos encuentros que la realidad ya no puede regalarme.
En los últimos años también he tenido que mirar de frente mis propios errores. No todo lo que me ha ocurrido ha sido consecuencia de circunstancias que estaban fuera de mi control. También he tomado decisiones equivocadas. Las consecuencias forman parte de mi presente y me han enseñado, aunque de una manera que no siempre ha sido fácil, a ser mucho más consciente de lo que tengo y de lo que hago con ello.
No quiero detenerme demasiado en eso porque no es lo que define mi vida. Es una parte de mi historia, una experiencia de la que he aprendido y que me ha hecho madurar. Todos tenemos alguna decisión que, si pudiéramos regresar atrás, tomaríamos de otra manera. La diferencia está en qué hacemos después con aquello que aprendimos.
Y yo quiero seguir adelante.
También he tenido que aprender a mirarme de otra manera. Durante mucho tiempo he pensado demasiado en mi cuerpo, en mi peso, en cómo me ven los demás y en cómo me veo yo. He querido adelgazar y sentirme más ágil, especialmente porque sé que cuidar mi cuerpo puede ayudarme a moverme mejor y a sentirme mejor. Pero en ese camino también he comprendido que cuidarse no puede convertirse en dejar de quererse.
Ahora intento encontrar un equilibrio. Hacer ejercicio porque me hace bien, no porque tenga que castigarme. Volver a la piscina, al gimnasio, a Pilates, moverme dentro de mis posibilidades y disfrutar de aquello que mi cuerpo todavía puede hacer.
Y quizá ahí esté una de las grandes lecciones que me están dando estos años: aprender a valorar lo que sí puedo hacer en lugar de pasarme la vida pensando en aquello que no puedo.
Por eso me hace ilusión todo lo que está empezando ahora. Después de tantos años haciendo cosas diferentes, todavía tengo curiosidad por aprender. Me he apuntado a la escuela de música y voy a aprender guitarra. No sé hasta dónde llegaré ni cuánto me costará, pero tengo claro algo: voy a poner todo de mi parte.
Y eso me hace ilusión.
Porque quizá la vida consista precisamente en eso: en seguir teniendo curiosidad, incluso después de haber pasado por momentos difíciles. En permitirnos empezar cosas nuevas aunque ya no tengamos veinte años. En descubrir que todavía podemos aprender, sorprendernos y sentir ilusión por algo que ayer ni siquiera formaba parte de nuestros planes.
Cuando miro hacia atrás, veo una mujer que ha pasado por muchas cosas. Algunas las elegiría de nuevo y otras no. Hay recuerdos que me hacen sonreír y otros que todavía duelen. Hay decisiones de las que me siento orgullosa y otras que me han enseñado a ser más prudente.
Pero cuando miro hacia delante, no quiero hacerlo con miedo.
Quiero hacerlo con esperanza.
Todavía tengo libros que escribir, historias que imaginar, personas que conocer, lugares que visitar, canciones que aprender y momentos que disfrutar. Todavía tengo mucho que agradecer y también mucho que descubrir.
Esta es mi confesión: no tengo una vida perfecta y nunca la he tenido. Pero tampoco quiero fingir que la tengo. Prefiero contar mi historia con sus luces y sus sombras, porque precisamente de esa mezcla nace la persona que soy hoy.
Una mujer que ha aprendido que puede equivocarse y continuar. Que puede perder y seguir queriendo. Que puede tener limitaciones y seguir haciendo cosas. Que puede atravesar etapas difíciles y volver a encontrar ilusión.
Y quizá, después de todo, eso sea lo más importante que quería contaros.
Que sigo aquí.
Y que todavía tengo ganas de vivir lo que venga. Con mi familia, mis amigos y por supuesto una parte importante de mi vida. Víctor, mi gatito.
Amiga muy bien escrito, y quién no tiene limitaciones, y cansancio, y quién es perfecto o tiene una vida perfecta… nadie amiga … todos tenemos nuestras luces y nuestras sombras…nuestros defectos y nuestras virtudes… así somos y hay que aceptar cómo cada uno somos…pues todos valemos mucho a los ojos de Dios y para los que nos quiere…un beso grande amiga mía de mí corazón ❤️❤️🙏