
Había una vez una niña que vivía en una casa donde el dinero siempre parecía andar de puntillas.
Entraba poco y salía demasiado deprisa.
No había grandes lujos, ni juguetes nuevos cada Navidad, ni viajes lejanos. Pero en aquella casa había algo que no podía comprarse con monedas: había una familia.
Papá y mamá.
Y cuatro hermanos.
Los dos mayores eran serios y responsables. Parecían pequeños adultos que habían aprendido demasiado pronto que había que ayudar en casa, cuidar de los pequeños y hacer las cosas bien.
Después estaban los dos pequeños.
Ellos eran otra historia.
Corrían por los pasillos, se escondían, inventaban juegos, discutían por cualquier cosa y cinco minutos después volvían a estar juntos como si nada hubiera ocurrido.
Y en medio de todos estaba ella.
La tercera.
Una niña que tenía dificultades para aprender a leer. Las letras se le escapaban de las páginas, se cambiaban de sitio y parecían jugar con ella.
Tenía dislexia.
Pero sus hermanos mayores no dejaron que creyera que aquello significaba que no podía aprender.
Se sentaban con ella.
—Vamos otra vez.
—Pero no me sale…
—Sí te sale. Despacio.
Y sacaban los cuadernillos.
Página tras página, palabra tras palabra, los hermanos se convertían en maestros.
No tenían grandes conocimientos pedagógicos. Tenían algo mucho más importante: paciencia.
Y la niña aprendía.
Quizá más despacio que otros.
Pero aprendía.
Aquellos cuadernillos, aquellas tardes y aquellas voces de sus hermanos quedaron guardados en algún rincón de su memoria.
Como quedan las cosas verdaderamente importantes.
En verano, cuando llegaban las vacaciones, la vida parecía ensancharse.
Había días de piscina en la urbanización.
El agua estaba fría al principio y los cuatro hermanos gritaban al entrar.
Después venían las carreras.
—¡A que no me coges!
—¡Espera!
—¡Mira cómo salto!
Y los padres los observaban desde algún lugar, cansados pero felices.
También había viajes.
No hacía falta ir demasiado lejos.
A veces bastaba con meter unas cuantas cosas en el coche y salir.
El verano tenía carreteras, bocadillos envueltos en papel de aluminio, canciones, discusiones entre hermanos y aquella sensación de que las vacaciones podían durar para siempre.
El pequeño tenía un tren eléctrico.
Era su tesoro.
Podía pasar horas mirándolo dar vueltas.
Una y otra vez.
El tren salía de la estación, recorría las vías y volvía al mismo lugar.
Y él se quedaba fascinado.
Los mayores también tenían sus juegos.
Había tardes de Scalextric.
Los cuatro hermanos alrededor de la pista.
—¡No empujes!
—¡Has hecho trampa!
—¡Mi coche iba primero!
Y mientras ellos discutían sobre quién había ganado, mamá sonreía.
Papá también.
Porque quizá aquello era la felicidad.
Pero nadie la llamaba así.
Simplemente estaban viviendo.
Un día ocurrió algo que la niña no olvidaría jamás.
Una amiga de su hermana llegó con un regalo.
Era una casa de muñecas.
La niña se quedó mirándola con los ojos muy abiertos.
—¿Es para mí?
—Sí.
No sabía qué decir.
La casa era preciosa.
Tenía habitaciones diminutas, ventanas, puertas y pequeños espacios donde podían vivir historias enteras.
La niña pasó mucho tiempo jugando con ella.
Inventaba familias.
Inventaba vidas.
Inventaba finales felices.
Sin saber que, muchos años después, recordaría aquella casa como uno de los pequeños tesoros de su infancia.
Porque la vida está llena de cosas que parecen pequeñas mientras suceden y enormes cuando las recordamos.
Entonces llegaron más años.
La niña creció.
Y con los años llegó la mujer.
Una mujer que aprendió que la vida no siempre era justa.
Que algunas personas se marchaban.
Que algunas ausencias dolían.
Que el dinero podía faltar.
Que los sueños podían romperse.
Y un día perdió a su hermano pequeño.
Y otro día perdió a su madre.
Desde entonces, algunas noches levantaba los ojos hacia el cielo.
Miraba las estrellas.
Y buscaba.
—Mamá…
Quizá estaba allí.
—¿Estás conmigo?
Y algunas veces también buscaba a su hermano.
No sabía exactamente dónde estaban.
Pero se negaba a creer que quienes habían formado parte de su vida pudieran desaparecer completamente.
Así que empezó a inventar historias.
Historias donde mamá volvía.
Historias donde paseaban juntas.
Historias donde hablaban.
Historias donde la muerte no tenía permiso para entrar.
Una de aquellas historias sucedía en una feria.
Había luces de colores.
Caballos.
Carruajes.
Música.
Churros calientes.
Chocolate.
Risas.
Y allí estaba mamá, caminando junto a ella como si nunca se hubiera marchado.
La niña sabía que era una historia.
Pero también sabía que, mientras la escribiera, mamá podía volver a caminar a su lado.
Porque algunas personas mueren dos veces.
La primera, cuando dejan de respirar.
La segunda, cuando dejamos de recordarlas.
Y ella no estaba dispuesta a permitir la segunda muerte.
A veces, mirando al cielo, recordaba también aquella casa de la infancia.
A papá.
A mamá.
A sus dos hermanos mayores, tan serios y responsables.
A su hermano pequeño, con su tren eléctrico.
A todos ellos jugando al Scalextric.
A la piscina.
A los viajes.
A las vacaciones.
A los cuadernillos.
A la casa de muñecas.
A las carreras.
A las risas.
Y entonces comprendía algo que de niña no podía saber:
había sido feliz.
Muy feliz.
Pero no lo sabía.
Porque la felicidad no suele avisarnos cuando llega.
No dice:
«Mírame bien, porque este momento no volverá.»
Simplemente pasa.
Una tarde cualquiera.
Una piscina.
Una carretera.
Un juguete.
Una madre que te llama.
Un hermano que se ríe.
Una hermana que te ayuda con los deberes.
Un padre que está allí.
Y nosotros creemos que la vida será siempre así.
Hasta que un día comprendemos que aquellos fueron algunos de los días más valiosos de nuestra existencia.
Pero aquella niña creció y se convirtió en una mujer caprichosa.
No caprichosa porque quisiera cosas.
Caprichosa porque a veces quería que la vida fuera exactamente como ella había imaginado.
Quería que las cosas no dolieran.
Que nadie se marchara.
Que el cuerpo no cambiara.
Que el tiempo se detuviera.
Que el pasado pudiera regresar.
Que las heridas desaparecieran.
Y entonces encontró una aguja.
Era una aguja pequeña.
Casi invisible.
La llevaba siempre consigo.
Cuando algo no salía como quería, pinchaba.
Cuando se sentía triste, pinchaba.
Cuando se comparaba con los demás, pinchaba.
Cuando pensaba que no era suficiente, pinchaba.
Cuando miraba su vida y no le gustaba lo que veía, volvía a pinchar.
Y su vida era como un globo.
Ella misma lo inflaba.
Con sueños.
Con ilusiones.
Con proyectos.
Con amor.
Con ganas de vivir.
Pero después…
pinchaba.
Una vez.
Y otra.
Y otra.
Hasta que empezó a perder el aire.
Una noche se sentó junto a la ventana.
Levantó los ojos.
Allí estaba el cielo.
Lleno de estrellas.
Y por un instante imaginó que su madre estaba allí.
También vio a su hermano pequeño.
Y detrás de ellos aparecieron papá y sus hermanos.
Todos juntos.
Como antes.
Los mayores serios.
Los pequeños riendo.
El pequeño con su tren.
Ella con sus cuadernillos.
Todos alrededor del Scalextric.
Mamá sonriendo.
Papá mirándolos.
Y comprendió algo que quizá Dios había intentado enseñarle durante toda su vida.
Que la felicidad no consiste en tener mucho.
Consiste en saber reconocer lo que tenemos.
Que no necesitamos una vida perfecta para dar gracias.
Que la familia puede ser refugio.
Que el amor no desaparece cuando alguien muere.
Y que Dios no nos promete que nunca sufriremos.
Nos promete que no caminaremos solos.
La mujer miró la aguja que todavía tenía en la mano.
La sostuvo durante unos segundos.
Después la dejó sobre la mesa.
—Ya está —susurró—. Ya no quiero pinchar más mi vida.
Y aquella noche no pidió a Dios que le devolviera el pasado.
Pidió algo diferente.
—Enséñame a vivir el presente.
El cielo no respondió con palabras.
Pero una estrella brilló un poco más.
Y ella sonrió.
Porque quizá su madre estaba allí.
Quizá su hermano también.
Quizá todos aquellos recuerdos eran una forma de decirle:
«No olvides que fuiste feliz.
Y no olvides que todavía puedes serlo.»
Entonces abrió un cuaderno.
Y empezó a escribir.
No para escapar de la vida.
Sino para volver a ella.
Escribió sobre la niña que corría sin miedo.
Sobre los cuatro hermanos.
Sobre papá y mamá.
Sobre la piscina.
Sobre los viajes.
Sobre el tren eléctrico.
Sobre el Scalextric.
Sobre aquella casa de muñecas.
Sobre las tardes de cuadernillos.
Sobre las risas.
Sobre la feria.
Y mientras escribía comprendió que aquella niña seguía viviendo dentro de ella.
No había desaparecido.
Solo estaba esperando que la mujer dejara de pinchar el globo.
Así que lo volvió a inflar.
Esta vez con paciencia.
Con recuerdos.
Con fe.
Con gratitud.
Con historias.
Y, sobre todo, con ganas de seguir viviendo.
Porque quizá la vida no consiste en tener mucho dinero.
Quizá consiste en tener algo que el dinero jamás podrá comprar:
alguien a quien recordar,
alguien a quien amar,
un cielo al que mirar
y una historia que todavía podemos escribir.
Y aquella niña, desde algún lugar de su memoria, volvió a correr.
Sin importarle nada.
Como corría entonces.
Como si la vida fuera eterna.
Como si mamá la estuviera esperando al final del camino.
Y por primera vez en mucho tiempo, la mujer dejó de mirar hacia atrás con tristeza.
Miró hacia arriba.
Y dio gracias.