
Estoy cansada.
Cansada de sostener este cuerpo todos los días.
De pedirle que responda, que camine, que aguante, que no se caiga.
Cansada de tener que negociar con él cada movimiento, cada paso, cada mañana.
Estoy cansada de que se me duerma la mano y el brazo izquierdo y de sentir que nadie hace nada. De explicar lo que me pasa y seguir esperando respuestas que no llegan. De convivir con la espacticidad, sensaciones que me preocupan mientras la vida continúa como si nada.
Estoy cansada de andar.
De ese esfuerzo que para otros parece invisible. De avanzar por la calle casi a cámara lenta, concentrada en cada paso, mientras alrededor la gente camina con normalidad.
Y a veces me miro desde fuera.
Como si no fuera yo.
Como si contemplara a una mujer caminando despacio, con dificultad, intentando mantener el equilibrio, y me preguntara:
¿Qué te ha pasado?
¿Esta soy yo?
Sí.
Esta soy yo.
Aunque todavía me cueste reconocerme.
Estoy cansada de caerme.
De levantarme del suelo y hacer como si no hubiera pasado nada. De comprobar si me duele algo. De sentir vergüenza cuando alguien tiene que ayudarme a levantarme. De volver a casa pensando que mañana puede volver a ocurrir.
Estoy cansada de necesitar ayuda.
Y quizá lo que más me duele no es necesitarla, sino sentir vergüenza por necesitarla.
Como si pedir una mano fuera admitir una derrota.
Como si después de tantos años siendo independiente tuviera que justificar ahora cada vez que necesito que alguien me acompañe, me ayude, me espere o simplemente esté ahí.
Estoy cansada de esta lucha diaria.
De levantarme cada mañana y que una de las primeras preguntas que aparezcan en mi cabeza sea:
¿Hoy me volveré a caer?
Y después vienen las demás:
¿Podré caminar bien?
¿Me responderá el cuerpo?
¿Me dolerá?
¿Se me dormirá otra vez el brazo?
¿Tendré fuerzas para hacer todo lo que quiero hacer?
Y aun así me levanto.
Voy a Pilates. A la piscina. Voy a trabajar. Salgo. Escribo. Intento vivir. Intento seguir siendo yo.
Pero hay días en los que pesa.
Pesa muchísimo.
Pesa tener que ser fuerte tantas veces.
Pesa sonreír cuando por dentro estás agotada.
Pesa explicar que no puedes hacer algo.
Pesa mirar cómo los demás avanzan y sentir que tú necesitas el doble de esfuerzo para recorrer la mitad del camino.
Estoy cansada de luchar contra un cuerpo que parece ponerme obstáculos incluso para las cosas más sencillas.
Y sí…
Hay días en los que estoy cansada hasta de respirar.
No porque haya dejado de amar la vida, sino porque hay momentos en los que vivir dentro de este cuerpo se convierte en una batalla demasiado larga.
Y entonces me pregunto:
¿Cuándo acabará esta lucha?
No sé cuándo.
No sé si algún día mi cuerpo dejará de exigir tanto de mí.
Pero quizá hoy no necesito tener todas las respuestas.
Quizá hoy solamente necesito permitirme decir:
Estoy cansada.
Sin sentir vergüenza.
Sin tener que demostrar fortaleza.
Sin tener que fingir que puedo con todo.
Porque también hay valentía en reconocer el cansancio.
Y quizá mañana vuelva a levantarme.
Quizá vuelva a caminar despacio.
Quizá vuelva a caerme.
Quizá tenga que pedir ayuda otra vez.
Pero si mañana consigo poner un pie delante del otro, aunque sea lentamente, seguiré avanzando.
No porque no esté cansada.
Sino porque, incluso cansada, todavía estoy aquí.