
Hoy mi cuerpo me ha pedido una tregua.
Y quizá debería haberlo escuchado antes.
He amanecido resfriada, con la garganta irritada, tos y mocos. Y mi hermana me trajo un plátano al trabajo, me he tomado un paracetamol y después una infusión de jengibre, pensando que así podría seguir adelante con mi día.
Pero antes de ir al trabajo hice Pilates.
Porque yo soy así.
Porque aunque el cuerpo diga «para», muchas veces mi cabeza contesta: «tienes que seguir».
Y seguí.
Después llegué al trabajo caminando muy despacio. Más despacio de lo habitual. Con esa sensación de agotamiento que hace que cada paso parezca pesar el doble. Como si llevara encima un cuerpo que hoy pesa más de la cuenta.
Entonces recordé que ayer apenas había comido.
Una tostada y un poco de leche por la mañana. Un yogur y unos pistachos al mediodía. Y por la noche, un poco de leche.
Demasiado poco para un cuerpo que, además, tiene que levantarse, caminar, trabajar, pensar, moverse y enfrentarse a todas esas pequeñas batallas cotidianas que nadie ve.
Y hoy he comprendido algo.
No siempre estoy cansada porque sea débil. A veces estoy cansada porque no me estoy dando lo que necesito.
Agua. Comida. Sueño. Descanso. Paciencia. Cariño.
Mi cuerpo no es una máquina a la que pueda exigirle que funcione todos los días al mismo ritmo. Y mucho menos cuando está luchando contra un resfriado.
A veces queremos cuidarnos tanto que terminamos olvidando lo más sencillo: alimentarnos.
Queremos perder peso, sentirnos ligeros, hacer ejercicio, caminar más, cumplir con nuestras obligaciones… y, sin darnos cuenta, podemos convertir el cuidado en una exigencia más.
Pero cuidarse no es pasar hambre.
Cuidarse tampoco es obligarse a hacer ejercicio cuando el cuerpo está agotado.
Cuidarse es saber cuándo toca avanzar y cuándo toca bajar el ritmo.
Por suerte, mi hermana es mi jefa y esta tarde me la ha dado libre porque tenía algo de fiebre y no he ido al trabajar.
Y entonces hice algo que también forma parte de cuidarse: me quedé descansando.
Sin prisas. Sin obligaciones. Sin exigirme nada.
Me permití estar tranquila, recuperar un poco las fuerzas y dejar que mi cuerpo hiciera su trabajo.
Quizá mañana esté mejor. Quizá necesite algún día más.
Pero hoy no voy a enfadarme con él.
No voy a pensar que caminar despacio significa que he retrocedido.
No voy a sentirme culpable por necesitar descansar.
Hoy voy a intentar escuchar esa voz que tantas veces ignoro.
La voz de mi propio cuerpo.
Ese cuerpo que me ha acompañado durante casi sesenta años.
Un cuerpo con cicatrices, con limitaciones, con días buenos y días malos. Un cuerpo que a veces se cae, que a veces duele y que otras veces consigue hacer cosas que ni siquiera yo pensaba que podría hacer.
Quizá después de tantos años debería haber aprendido que cuidar de mí también significa dejarme estar enferma.
Hoy toca comer un poco mejor.
Beber. Abrigarme. Respirar. Descansar. Y mañana ya veremos.
Porque la vida no se va a escapar porque hoy camine más despacio.
Y quizá esa sea la verdadera lección de este resfriado:
No siempre tenemos que poder con todo.
A veces ser fuerte también consiste en reconocer que estamos cansados.
Y decir:
«Hoy necesito una tregua».
Sin culpa.
Sin explicaciones.
Simplemente porque también nosotros merecemos que alguien nos cuide.
Y ese alguien, algunas veces, tenemos que ser nosotros mismos.
Hoy, al menos, he intentado hacerlo.