Amistades que pasan los años, pero no el cariño

Hay fotografías que guardan mucho más que una imagen.

Guardan una época, un lugar, unas personas y, sobre todo, una parte de nuestra vida que ya no vuelve, pero que permanece dentro de nosotros.

Esta fotografía es una de ellas.

Hace unos años, Inma y yo viajamos a Sevilla para asistir a un concierto de Pablo Alborán. Y aprovechamos aquel viaje para reencontrarnos con Mª Luisa y Valle, amigas de aquella Sevilla de otros tiempos.

Y qué bonito fue volver a juntarnos.

Por unas horas parecía que los años no habían pasado. Volvimos a compartir risas, conversaciones y recuerdos. Éramos las mismas y, al mismo tiempo, éramos otras.

Porque el tiempo nos cambia.

Nos cambia la vida, las circunstancias, las preocupaciones, las personas que nos rodean y también la manera de entender la amistad.

Las amigas de antes

Mª Luisa y Valle forman parte de una etapa importante de mi vida.

De aquella Sevilla en la que dejamos tantos recuerdos.

Amistades que nacieron hace muchos años y que, aunque la vida haya hecho que nuestros caminos se separen, siguen teniendo un lugar especial en mi memoria.

De algunas personas hace mucho que no sé nada.

Y entre ellas está Valle.

A veces me pregunto cómo estará, qué habrá sido de su vida, si será feliz, si alguna vez se acordará de aquellos años y de nosotras.

Porque hay amistades que se pierden en la distancia sin que exista un motivo concreto.

Simplemente dejamos de coincidir.

De hablar.

De compartir.

Y un día te das cuenta de que han pasado años.

Pero el cariño permanece.

Y entonces aparece Inma

Inma está en esa fotografía y también está hoy en mi vida.

Y quizá eso sea lo más bonito de todo.

Porque hay personas que consiguen atravesar distintas etapas de nuestra existencia.

Con Inma compartí aquel viaje a Sevilla y aquel concierto de Pablo Alborán. Compartimos también el reencuentro con Mª Luisa y Valle.

Y años después seguimos creando recuerdos.

Viajes.

Conversaciones.

Risas.

Momentos.

Es como si algunas amistades fueran capaces de acompañarnos mientras nuestra propia vida va cambiando.

Las amigas de ahora

Hoy también tengo a Virginia.

Y con ella he descubierto otra forma de amistad.

Una amistad de esta etapa de mi vida, con todo lo que soy ahora.

Con mis alegrías, mis dificultades, mis días buenos y mis días malos.

Con Virginia he vivido momentos de feria, paseos, risas y también esos instantes en los que simplemente estar juntas ya es suficiente.

Y junto a Inma, que lleva conmigo más tiempo, forman parte de esas amistades que hoy me acompañan.

Ya no necesito tener muchas personas alrededor.

Con los años he aprendido que la amistad no consiste en tener una agenda llena de nombres.

Consiste en saber quién está cuando realmente importa.

Antes y ahora

Antes pensaba que los amigos eran aquellos con los que compartías casi todo.

Ahora sé que también existen amigos con los que puedes pasar años sin verte y, cuando vuelves a encontrarte, sentir que algo permanece.

Quizá esa sea una de las cosas más bonitas que nos enseña el paso del tiempo:

no todas las amistades están hechas para permanecer de la misma manera.

Algunas permanecen cerca.

Otras sobreviven a kilómetros y años.

Otras se quedan únicamente en nuestros recuerdos.

Y algunas tienen la suerte de transformarse y continuar.

Como Inma.

Como Virginia.

Como aquellas amigas de Sevilla que, aunque hoy estén lejos de mi día a día, siguen formando parte de quien fui.

Miro esta fotografía y no veo solamente a cuatro amigas disfrutando de un concierto.

Veo un pedacito de mi vida.

Veo a la mujer que fui.

Veo a las amigas que estuvieron.

Veo a las que están.

Y pienso también en las que ya no están cerca y me pregunto cómo les irá.

Porque quizá la amistad sea precisamente eso:

querer que a alguien le vaya bien, aunque ya no forme parte de tu vida cotidiana.

Y cuando pienso en todo esto, solo puedo dar las gracias.

Gracias a las amigas de antes por los recuerdos.

Gracias a las amigas que permanecieron.

Gracias a las que llegaron después.

Y gracias a la vida por permitirme seguir haciendo fotografías, historias y recuerdos nuevos.

Porque al final, cuando pasan los años, no recordamos todos los lugares a los que fuimos ni todas las cosas que compramos.

Recordamos las personas con las que reímos.

Las conversaciones.

Los abrazos.

Los viajes.

Los conciertos.

Las tardes compartidas.

Y esas fotografías que, muchos años después, nos hacen sonreír y decir:

«Mira cuánto tiempo ha pasado… y qué bonito fue». ❤️

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