
Me veo gorda, vieja, fea, encorvada bajo el peso de los años y las penas. Y me pregunto en silencio:
—Ay, cuánto me duele verte así, mi yo querido. Ay, con lo que yo era… De cintura esbelta, curvas bien repartidas, pasos ligeros, sueños encendidos.
Y ahora, mollas donde antes hubo alas, cansancio donde antes hubo fuego.
¿Dónde estás? Si aún me ves desde el ayer, ¿qué me dirías?
Y escucho tu voz, suave como una caricia:
—Cuídate, cielo mío. Cuídate, por Dios te lo digo. No por la belleza que se marcha, ni por el espejo que juzga.
Cuídate por tu salud, por tus pies que te sostienen, por tus rodillas cansadas, por el corazón que aún ama, por la mujer que sigues siendo.
Cuídate, cielo mío.
Porque sigues aquí, con tus heridas y tus risas, con tus inviernos y tus flores.
Y aunque el tiempo haya cambiado tu cuerpo, tu alma sigue brillando como entonces, quizás más hermosa, porque ahora conoce el valor de resistir.