
Tercera Parte
Todo esto que he escrito no nace de una teoría ni de un libro de autoayuda. Nace de mi propia experiencia.
Durante años he vivido, en cierto modo, en un continuo estado de acumulación. No me refiero únicamente a las cosas materiales, sino también a las emociones, los recuerdos, los proyectos pendientes y los «por si acaso». A veces pienso que he padecido una especie de síndrome de Diógenes emocional y material, acumulando porque sí, guardando porque algún día podría necesitarlo.
Hace poco, ordenando mis armarios, me encontré cara a cara con esa realidad. Ropa que no usaba desde hacía años. Objetos olvidados. Cosas guardadas sin una razón verdadera. Y me pregunté: ¿para qué?
Mientras doblaba prendas y abría cajones, comprendí que estaba cargando con mucho más de lo que necesitaba. Entonces empecé a donar.
Doné ropa. Bolsas enteras de ropa.
Y sucedió algo curioso. No sentí pérdida. Sentí alivio.
Cada bolsa que salía de casa parecía llevarse también un pequeño peso de mis hombros. Descubrí que donar refresca el espíritu. Que compartir libera. Que dejar marchar aquello que ya no necesitamos crea espacio para que entren otras cosas más importantes.
Todavía me cuesta desprenderme de algunos libros. Los libros son compañeros de vida. Han formado parte de mí durante décadas. También me cuesta dejar ir ciertos juguetes, ciertos recuerdos, ciertos objetos cargados de historia personal.
Pero sé que llegará el momento.
Porque estoy aprendiendo que la verdadera riqueza no consiste en cuánto somos capaces de guardar, sino en cuánto somos capaces de compartir.
Curiosamente, también he cambiado en otras cosas. Hubo una época en la que devoraba novelas. Leía una tras otra. Los libros eran mi refugio constante. Hoy sigo leyendo, pero de otra manera. Ya no leo por leer. Ya no siento la necesidad de terminar un libro simplemente porque lo he empezado. Quizá mis gustos han cambiado. Quizá mi cerebro busca otras formas de alimentarse.
Ahora escucho música. Paso tiempo con Víctor, mi gatito. Escribo. Pinto. Participo en encuentros de poesía. Colaboro con la asociación Juntos Contra la ELA. Vendo las preciosas creaciones de las niñas de los Mandiles, esas costureras que ponen amor en cada puntada. Acudo a eventos, comparto conversaciones y experiencias.
He descubierto que vivir también es eso.
No quiero una vida llena de cosas. Quiero una vida llena de significado.
Por eso creo en lo que escribo cuando hablo de ir un poco contra el sistema. No porque sea fácil. No porque tenga todas las respuestas. Al contrario. Porque sé perfectamente lo difícil que resulta soltar.
Soltar cuesta.
Cuesta desprenderse de los objetos, de las costumbres y de las seguridades que hemos construido durante años.
Pero cuando finalmente lo hacemos, ocurre algo maravilloso.
Respiramos mejor.
Y en ese espacio que queda libre, aparece algo que no se puede comprar en ninguna tienda: la sensación de ligereza, de libertad y de autenticidad.
Quizá esa sea mi pequeña revolución personal.
No cambiar el mundo entero.
Simplemente aprender, poco a poco, a vivir con menos peso y con más alma.