
No quiero que me conquistes.
No soy una fortaleza ni una tierra por descubrir, ni un trofeo que aguarde al final de una paciencia calculada.
Solo quiero tu amistad.
La conversación que acompaña los caminos, la mano que sostiene sin aprisionar, la presencia que escucha sin reclamar derechos sobre mis silencios.
Dime, hombre, ¿por qué resulta tan difícil mirar a una mujer como a una igual, como a una compañera de viaje, como a un alma que camina a tu lado sin que el deseo pretenda ocuparlo todo?
Mi corazón no busca cadenas, ni promesas escritas sobre la piel.
A estas alturas de la vida, he aprendido que el afecto más noble es aquel que no exige posesión.
Quiero la confianza de una amistad limpia, la risa compartida, el consejo sincero, el abrazo que reconforta y nada pide a cambio.
Un beso en la mejilla, quizá en los labios, si nace libre y verdadero.
Pero seré yo quien decida la profundidad de mis pasos, porque mi alma pertenece al viento y conoce demasiado bien el valor de su vuelo.
No te rechazo.
Simplemente no te busco en el territorio de la carne.
Te busco en ese lugar más raro, más difícil y más hermoso:
donde dos seres humanos se encuentran sin conquistadores ni conquistados, sin cálculos ni estrategias,
y descubren que la amistad, cuando es auténtica, puede ser una de las formas más altas del amor.